lunes, 14 de enero de 2008

EL BAR DE LAS MUCHACHAS PARECIDAS

(Un cuento interminable)

No hace tanto que comencé a frecuentar este Bar-Restaurante, el de Las Muchachas Parecidas, con mayúsculas, como lo llamamos nosotros, como comienza a llamarlo la gente, y donde ahora escribo. No recuerdo su nombre original, que parece diluido entre lo inútil y etéreo, y haber sido suplantado por esta versión popular que une realidad trascendida con lugar, confiriéndole profundo significado, el que seguramente su propia dueña le hubiera querido dar aunque comprendo que a ella no le interese, que no quiera que se conozca la verdadera historia. Sin embargo está ahí, al alcance de cualquiera que tenga un mínimo de perspicacia, de sensibilidad. No creo exagerar en esto, quizás alguno de ustedes lo piensen así, tal vez la misma dueña, que ante mis comentarios suele hacer un gesto de cierto fastidio como si yo pudiera desvelar el gran secreto, la hermosa fábula, sin tener derecho ni fiables datos para hacerlo. Le explico que así somos los escritores, alcahuetes y soplones de las historias de otros cuando no fabuladores, y a veces de las propias con condescendencia, o furor destructor, indistintamente. Mantenerlo oculto, o tratar de hacerlo, le insisto una y otra vez, es inútil y además avaro, porque la riqueza que el asunto aparenta tener no es para guardársela en la alacena, sino ponerla al alcance de todos, tal que si fuera café, la cerveza o el bocadillo que vendes a cualquiera, cada día. Eso mismo le digo, además, habría que andar como loco, ensimismado o perdido para no darse cuenta y disfrutar de ello.- ¡Que es como van casi todos!- me replica, celosa de un secreto que cree a nadie interesa.
Lo cierto es que ella, la dueña, debe haberlo programado todo en algún momento particular de su vida. Quizás se haya quedado sola con su hija de pocos años, quizás la haya abandonado su marido, tal vez ella misma lo dejara. Y algo similar parece haber ocurrido antes, en su propia familia, con un padre que también se va, con otra madre abandonada, la suya. Muchos abandonos son esos para no caer en la tentación de forjar una familia propia, la que uno quiere organizar a su gusto sin tener que depender de lazos de sangre dados, herencias genéticas, cargas históricas, deberes filiales, y demás, que son los que más duelen cuando mal se usan, y aún más cuando se rompen. Sí, quizás.
Desde que comencé a frecuentar éste bar, por necesidades y facilidades de proximidad a un trabajo circunstancial, noté algo curioso que al principio no supe definir. Había algo entre las personas que atendían que me llamaba la atención. Al principio fue una muchacha morena, alta, espigada, con el cabello castaño, o cobrizo oscuro suelto, los ojos grandes y verdes, moviendo el cuerpo de forma lenta pero graciosa, acompasada, balanceándose hacia un lado y al otro, empujando desde la cintura ese vaivén cadencioso, mientras se manifestaba amable pero con pocas palabras dichas en voz baja, apenas enunciadas. En las siguientes visitas al lugar fui atendido por otra muchacha algo más madura pero con un aire inconfundiblemente similar a la anterior, de rostro semejante, aunque con el cabello tirando a rubio, y los ojos azules. La acompañaba una niña, casi ya adolescente, también muy parecida, seguramente su propia hija deduje, y así pude comprobar después. Supuse al principio que se trataba de una madre y sus dos hijas con cierta diferencia de edad, o de dos hermanas y la hija de la mayor de ellas. Era imposible en otro caso ese aire familiar en tantas cosas, ese alborotar del espeso cabello suelto, esos cuerpos moviéndose bajo el mismo ritmo, los senos igualmente escuetos pero provocones. Y había una extraña e idéntica manera de hablar, de pronunciar las pocas palabras que se suelen articular desde el otro lado de la barra, las estrictamente necesarias: “¿Sólo o con leche? ¿Templada o caliente? ¿Algo para comer? ¿Vale así?”. Salvo en un caso, pues la que parecía la mayor y madre de las otras dos resultaba evidente que era la que allí mandaba, y sus parlamentos, relación con parroquianos y suministradores, eran más definitorios y seguros, más extensos sus coloquios, aunque el hablar seguía siendo curioso, particular, con un silabeo entrecortado de sirena que se quedaba reverberando por el aire.
Lo cierto es que poco a poco me fue atrayendo ese misterio latente, y era ya más el afán por desentrañarlo que la estricta necesidad de acudir para desayunar o tomar algún aperitivo lo que me arrastraba al interior del bar, y me obligaba a permanecer largos ratos acodado en la barra, observando el ir y venir de aquellas muchachas y de las otras que se iban sumando y turnaban con las primeras, siempre con ese extraño aire de familiaridad, de paulatino parecido, que a veces resultaba imposible no percibir, y otras costaba trabajo descubrirlo. Y siempre esas breves y habituales frases o palabras repetidas, ese acento confuso, siseante, que las acompañaba al ser pronunciadas.
Era evidente que las muchachas que iban surgiendo detrás de la barra o por la puerta de la cocina no mostraban características de similitud hasta pasados algunos días. La manera de moverse, las breves frases, el color del cabello o la forma de peinarse, evidenciaban diferencias inicialmente notorias que, poco a poco, iban diluyéndose, convirtiendo a cada una en un reflejo cada vez más identificado con el modelo original. Al mismo tiempo que se producía esa transformación, la relación entre ellas aumentaba en los aspectos de familiaridad, dando sustanciales pruebas de amor filial, y todo ello en un ambiente de alegría y luminosidad que se contagiaba a los parroquianos allí presentes, amparado quizás en los radiantes colores que impregnaban las paredes del local canalizados por la implacable iridiscencia que barría la acristalada fachada.
Era pues casi obligatorio que yo arrastrase hasta ese misterioso escenario a los ocasionales compañeros de trabajo, alguno de los que lograba convencer merced a la cotidiana invitación a desayunar o tomar un aperitivo. Pero resultaba difícil tratar de seducirlos con esa historia un poco absurda de que el lugar era atendido por una particular saga familiar femenina de carácter infinito y renovable. Era entonces lógico que ninguno de mis ocasionales acompañantes, aún repitiendo visitas y explicaciones, acabase entendiendo lo que yo creía patente a todas luces. No prestaban la atención suficiente, y terminaban por coincidir entre ellos en que aquello era pura casualidad circunstancial, o simple fantasía construida por mi exagerada imaginación. Así que al cabo de varios frustrados intentos de transmitir aquello tuve que volver a mis solitarias presencias contemplativas sin contraste posible, sólo alimentadas por una curiosidad que requería, alguna que otra vez, el lanzar preguntas confusas a parroquianos habituales, o a las propias y diversas muchachas que iban integrando aquella fantástica saga.
Uno de estos parroquianos, con el que coincidía algunos días en el desayuno, parecía mostrar un mayor grado de atracción por aquél misterio, soliendo expresar algún que otro comentario que me animaba a creer que por fin había dado con alguien que compartiera mi interés en ese extraordinario desfile de aparecidas-parecidas. –Y de desaparecidas-reaparecidas, agregaba él, tratando de darme a entender que el asunto era más complicado de lo que yo creía. – Sí amigo. ¿No ha observado usted que al cabo de un cierto tiempo alguna de ellas no vuelve a ser vista por aquí, y de pronto, pasado otro cierto tiempo, reaparece? -Claro que usted hace poco que viene por el bar, argumentaba, dándome a entender que yo era bisoño en tales experiencias y averiguaciones. -Mire, observe, me dijo un día arrastrándome hasta el cristal que cerraba el frente del local, ¿ve lo que hay justo ahí enfrente? Cruzando al otro lado de la calle, ligeramente en diagonal, alcancé a distinguir entre las copas de los frondosos árboles un cartel con letras rojas, y debajo un estrecho local por donde entraban y salían continuamente personas, muchas de ellas mujeres de diferentes edades. -Es un centro del INAEM, me confirmó el parroquiano. ¿Sabe lo que eso significa? Observe a la gente que va y viene, continuó. Del movimiento de entradas y salidas de las personas que se acercaban al centro de empleo, se destacaba un grupo intermitente, principalmente muchachas, que arriesgándose cruzaban directamente hacia el bar eludiendo los obstáculos habituales que una calle opone a un peatón: bordillos, automóviles estacionados o en marcha, “aletas de tiburón” protegiendo el canal Bus-Taxi, etc. Y terminaban aterrizando en el bar, mientras otras que estaban dentro hacían lo inverso. Era evidente que la mayoría de ellas venían a desayunar para seguir luego con sus trámites, o retornar a sus quehaceres habituales.
- Bien, no sólo eso, insistía mi compañero de investigaciones. Observe como algunas de ellas se dirigen supuestamente al aseo que está en el sótano, y no reaparecen hasta pasado un considerable lapso de tiempo. Y cómo parte de las que bajan vuelven alegres o entusiasmadas, otras aparentemente contrariadas, y el resto no manifiesta ningún cambio en su actitud. ¿No le hace eso reflexionar? Bueno, quizás no sea hoy uno de esos días de “pesca”, continuó. No siempre sucede lo que yo trato de hacerle ver ahora. Creo que todo depende de ciclos, de tiempos de renovación, podríamos decir.
Era notoria mi candidez y falta de documentación al respecto, y también que carecía de muchas horas de observación que mi condición de cliente transeúnte, o esporádico -o golondrina, según decía mi circunstancial amigo- me impedía poner en práctica. Por el contrario, el parroquiano contertulio era un animoso jubilado que pasaba las horas en el prodigioso bar, saludaba o charlaba brevemente con casi todos los que por allí pasaban, y para colmo habitaba en el barrio desde su niñez. Aunque éste bar, explicaba, estaba allí sólo desde hacía un año. No podía yo aguardar tanto, ni cambiar mis costumbres habituales que no incluían, por ahora, el ser afecto visitante de ningún bar, cafetería, chigre, etc., salvo para el necesario desayuno mañanero y circunstancial. ¿Cómo pretendía así descubrir ningún misterio?, me recriminaba el maestro de observaciones.
Poco a poco, gracias a él y a un esfuerzo extra de mi parte por permanecer en el local algunas horas más a cambio de restar dedicación al trabajo, no ir a comer a casa, o tener que explicar a mi mujer con arduas estratagemas dónde me pasaba la mayoría del tiempo, fui completando el bagaje de mi información y perfilando la luz sobre alguno de los puntos oscuros que parecía encerrar aquel fenómeno. Conseguí llegar a conocer al menos a dieciocho muchachas que, siendo indudable pero imperceptiblemente distintas, integraban un armonioso conjunto de homogeneidades familiares. Lo que más me seguía llamando la atención en ellas, y entre ellas, era esa peculiar forma de caminar, una cierta dulzura de geisha sin menoscabo de ser capaces de pegar, modosamente, cuatro gritos cuando la cosa lo necesitaba, o de emplear similares vocabularios específicos con esa susurrante vocalización de extraño acento. Llegué a descubrir, gracias a mi amigo, que el mismo tenía connotaciones que recordaban el hablar de los habitantes del Lago de Sanabria, entre restos del gallego y dicciones del castellano de Zamora, sin dejar de sorprenderme el que gran parte de las muchachas parecían provenir de países de la Europa del Este: Rumania, Letonia, Chequia, Lituania, Bulgaria, o Polonia, mientras que otra parte eran sudamericanas o claramente españolas. Procedencias todas que, mi amigo mejor que yo, deducíamos de puros signos visuales e interpretaciones caracterológicas, porque ni ellas, ni la supuesta gran y primera propietaria, nos habían llegado a confirmar, o cuanto menos a insinuar como tales adscripciones territoriales.
Debido a ello, alguna vez mi amigo y cómplice había llegado a decir, con retumbante, engolada y alta voz, matizada y envuelta en dulces vapores etílicos, interesado en que todo el mundo allí presente lo pudiese escuchar: -¡Esta es la auténtica patria de la humanidad! ¡OH, verdadera Babel, mística, hormonal y republicana!, exclamación que fuera duramente criticada por la aparente dueña o gobernanta de todo aquello, con la reconvención añadida, eso sí dicha con cariño y a media voz de: - ¡A tronar tonterías a otro tiesto!, sonora frase articulada, en medio del clásico siseo, de curiosa construcción sintagmica que nos hizo recordar las hazañas verbales del poeta Lezama Lima. A ambos nos encantaba esta mujer, no sólo por sus cálidos y efectivos atributos físicos utilizados con prudencia, y ahora transmitidos vaya a saber como a cada una de sus pupilas-discípulas, sino por esa rotunda manera de alternarlos con una mezcla de cariño familiar materno y exaltaciones defensivas a lo Mariana Pineda, Manuela Malasaña o Agustina de Aragón. Es decir, pura mística guerrillera feminista que nosotros preferíamos atribuir al indómito espíritu de una Dama Duende metida a tabernera.
Con todo, gozaba yo junto a mi ocasional amigo y confidente de esa especie de Harén de espejos multiplicados que se nos antojaba el más maravilloso lugar del mundo, aún no sacando más ventajas de ello que la pura y simple contemplación y consecuente ensoñación, adornadas, eso sí, por un trato afectivo y unas palabras reiteradamente amables cuando no explícitamente cariñosas. -¡Qué alegría el volver a verte! -¡Ya era hora de que vinieras a visitarnos! -¡No te olvides de nosotras!, etc. Sólo el verlas caminar, ir atareadas de una mesa a la otra, salir por una puerta una de ellas y volver a entrar por la misma otra muchacha casi idéntica pero distinta, con similar bamboleo de la ondulada melena cobriza agitada al ritmo del cadencioso paso, mientras avanzaba zigzagueante entre mesas y parroquianos repartiendo sonrisas, era una verdadera experiencia sensible que nos dejaba en suspenso el ánimo y la libido. Todo este goce inmediato de los sentidos nos fue alejando de nuestro verdadero objetivo, que era descubrir lo que se ocultaba detrás de esa multiplicación diversa de la mujer o familia original, como se producía, desde donde, y como era posible esa cada vez mayor asimilación del modelo inicial. Habíamos llegado a establecer que la principal fuente de aportación estaba vinculada a la oficina del INAEM situada enfrente, sin menosprecio de la captación de muchachas que aparecían allí por otras diversas razones, compras, paseos, trabajos próximos, o también por ser empleadas de servicios municipales o gubernamentales que ejercían su labor en el propio barrio y venían a tomar el desayuno.
A estas opciones se sumaba la personal cualidad física de la posible aspirante circunstancial, junto a una indudable capacidad de captación de la propietaria, jefa y líder de esta singular familia, que comenzaba por entablar devota relación con cada una de aquellas muchachas con el objeto de ir aquilatando y construyendo no sólo la viabilidad de una nueva y longeva cliente, sino su perfil de candidata a integrar ese particular gineceo de camareras. Y así como llegaban y se quedaban durante un tiempo, así también se daba el momento de partir y volver cada una a sus quehaceres, si eso era menester, o encontrar una hora y un día en que su presencia fuera posible sin alterar costumbres personales ni actividades habituales. Así, poco a poco, el desfile de muchachas parecidas incorporadas a la atención del Bar-Restaurante que iban y venían, o al final se despedían en medio de grandes muestras de cariño, se hizo interminable. Como eterno pero divertido, casi fantástico, se ha hecho para mí este año que llevo visitándolo, pasando largas horas en él acodado en la barra o sentado a una mesa estratégicamente situada, sólo o en compañía de mi anciano amigo, el único que al parecer comparte con la propietaria el verdadero secreto de toda esta historia. Sí, ¿pero cuál?
Si alguno de ustedes se interesa en conocerlo, o quiere ayudarme a desentrañarlo, ya sabe: Bar-Restaurante llamado de “Las Muchachas Parecidas”, calle de Guzmán el Bueno poco antes de llegar a Meléndez Valdés. Barrio de Argüelles, distrito de Chamberí, Madrid. Allí me encontraran.



Norberto Spagnuolo
Enero de 2008

miércoles, 9 de enero de 2008

DEL URBANISMO AL DISEÑO URBANO. El caso de Ángel Aragonés

Núcleos urbanos periféricos, grandes aglomeraciones post suburviales, municipios tradicionalmente gobernados por la izquierda en el llamado “Cinturón rojo de Madrid” (Villaverde, Leganés, Getafe, Parla, Coslada, Vicálvaro, Alcorcón, Móstoles), cuyo sino urbano ha sido y es difícil, y muchas veces vano o repetitivo, con necesidad de superación del caos del crecimiento inicial, ese subdesarrollado Big-Bang urbano. De municipios rurales castellano-manchegos, a integración en la conurbación metropolitana. Ese rastro histórico de desorden y crecimiento, alocado y sub-urbano, de tejido malamente densificado y confuso, ha venido a tratar de ser re-organizado, mejorado y elevado a la altura de ciudad con perversas recetas de crecimiento económico, integración de trabajo, residencia o servicios débilmente apoyados, y ofertas de suelo público –muchas veces casi gratuito- para grandes equipamientos zonales o sub-regionales: delegaciones administrativas comunales, hospital, universidad, centros comerciales, oficinas, servicios, terminales de transporte, etc., hasta llegar a saturar el espacio-territorio disponible, y prácticamente consumirlo en menos tiempo del que lleva la democracia en ejercicio. Aspectos todos generadores de pulsiones, con la aparente búsqueda de equilibrio entre necesidades, usos y actividades, sumados a la necesaria recuperación de plusvalías sociales y, supuestamente, redistribuibles.
Por otra parte, la gestión política de algunos de esos municipios ha pasado en los últimos períodos electorales a manos del centro derecha, luego de haber estado administrados desde el inicio de los ayuntamientos democráticos por la izquierda: PSOE, PC, IU. En el albor de esa pérdida de la confianza popular en una determinada gestión, ha jugado un importante papel la renovación de las tradicionales capas sociales residentes, con la aparición de nuevos habitantes vinculados a la entronización de grandes instalaciones de servicios públicos, administración, equipamientos y empresas. Es decir, que se ha pasado de la reivindicación básica de clase -campesinos y obreros- a la búsqueda de un nuevo confort, bienestar social, viviendas más baratas que en la gran metrópoli, y posibilidades de empleo cercano y de calidad. La nueva e histórica expulsión trans-metropolitana.
Esto ha generado la necesidad de nuevas infraestructuras, servicios, comercio, cultura, etc., para unas capas sociales con más exigencias respecto a la calidad de vida y el medio ambiente. Es decir, la mejora y ampliación vinculable de parques, jardines, plazas, espacios de juego y deportivos, viales, imagen urbana, iluminación, etc., todo ello sobre un tejido complejo, desestructurado, inconexo, en definitiva desorganizado, que ha sido ampliado a golpe de estrategia política circunstancial, o de presión inmobiliaria, pero no resuelto es sus falencias.
En alguno de esos momentos de rotura en la continuidad de la gestión política, un personal amigo, diseñador urbano y experto en ordenación y desarrollo del territorio, fue llamado por el regidor de uno de esos municipios con perspectivas de reventar en crecimiento, ordenación y sutura urbana, para actuar de manera urgente como una especie de “ángel regenerador” de heridas e imagen producidas por el caos urbano del nuevo “desarrollismo democrático”, amparado en el lema: “Quién crece más, tendrá más recursos para mejorar el nivel de bienestar social”, paradoja que nunca se alcanza de verdad. Mi amigo comprendió que sólo se le pedía que aportara soluciones a la imagen puntual para reparar, en una parte mínima pero de importancia estratégica, un desbarajuste que llevaba más de 40 años produciéndose, y que se había acelerado en los últimos años merced a las demandas reales de crecimiento, pero también a las necesidades de supervivencia política del tradicional partido y gestores actuantes. Al parecer, lo que le convenció del todo de que eso era casi imposible, inútil, y conflictivo, y de que una cierta seriedad profesional le impedía asumirlo, era que al mismo tiempo un cualificado y conocido equipo de urbanistas madrileños estaba terminando de redactar el último Plan General de Ordenación Urbana, amén del preexistente equipo técnico del Departamento de Urbanismo y Obras municipales. Por eso resultaba evidente, decía mi amigo, que para sobrevivir a los tiempos la gestión política necesitaba de una cierta renovación de la imagen urbana, o de la entronización de una nueva con mayor atracción, coqueteo de esquina pública, florecer de rincón urbano abandonado, y espectáculo popular de diseño y gasto vía electoral.
Por ese entonces, y también antes, en alguno de esos municipios (Getafe parece haber sido el pionero), se emprendieron campañas y acciones similares de Arte y Diseño urbano aunque inicialmente insufladas por otras perspectivas político-sociales, que en alguno de ellos -y todavía es moda- aún continúan para disimular la pobreza y horror generalizado del verdadero urbanismo entronizado y su consecuente arquitectura.
Finalmente, acordemos que lo urbano no se cualifica, enaltece o reduce su impacto más que por la concienzuda exploración y razón previa de su puesta en el espacio, es decir, a través de un cuidadoso, responsable, profesional y, en todo caso, popularmente consensuado planeamiento democrático. Todo lo contrario de lo que se viene haciendo normalmente en España desde hace bastante tiempo, incluyendo la segunda mitad del actual período democrático, y que últimamente empeora. Para colmo, nuestro país ha perdido al galope los rastros cultos y finamente populares de su espacio urbano, así como su riqueza y diversidad construida histórica, y se ha ganado a pulso la destrucción de todo ello, sustituido por implantaciones de interés meramente especulativo o político.
Desde luego, ningún Arte Urbano por maravilloso que sea, podrá rescatarla de ese desastre, y sólo servirá de consuelo circunstancial, de engaña votantes, de aportación cultural mediocre o de perfil bajo, vana, de relumbrón y lujuria del famoseo, por más buena voluntad que se ponga en ello. Lo cual no es óbice para que aparezcan, alguna vez, intervenciones que sí pueden encadenar mejoras en ese sufrido espacio público donde señorea el ciudadano de a pié, que es la aglomeración urbana y aún la rural. Pero ¡ojo!, que no todo el campo es orégano. Como mucho pastito. ¿Entonces? Entonces, como sucede en la mayoría de estos artefactos del Arte Público útil en los espacios urbanos, la lectura de su ser y estar pierde carga de profundidad y permanece en la anécdota, en el puro espectáculo – oscuro mal de nuestros días- con cierto aire de cuento infantil congelado en el tiempo, imagen tergiversada de las 1.000 y Una noches, o parque temático al más puro estilo Disney-World. Aunque en el caso de las obras que nos ocupan, esa sensación generalizada sea superada por la consolidación expresiva de las puras formas.
Como ejemplo, uno de los profesionales que más intervenciones ha hecho en esas lides y municipios, ha sido el artista plástico, profesor, teórico y divulgador del arte y la arquitectura, Don Ángel Aragonés, también vinculado a una de las organizaciones de artistas plásticos más activa en Madrid y España. Él y su equipo han venido participando con sus obras en varios de esos municipios extra madrileños, pero también en el área centro de la propia capital desde el comienzo de la Democracia. Al principio sólo eran pinturas murales dentro de aquella primigenia idea de animar, con modernidad y temas populares, las olvidadas medianeras ciegas y los oscuros rincones de la ciudad herida, donde la reelaboración y sutura urbanística podría aún tardar demasiado, así como en los nuevos y solitarios espacios públicos de reciente construcción.
Desde los tiempos de bonanza económica y afán de figurar en el “¿Quién es Quien?", de la gestión municipal urbana, Aragonés ha venido interviniendo además en grandes espacios, parques, ejes viales, plazas, etc., con todo tipo de propuestas y artefactos de arte y diseño urbano útil, se supone. Este profesional es un polifacético artista plástico que ha desarrollado sus capacidades expresivas con la delectación de un hombre del Renacimiento, claridad de ideas y formal adscripción a una definida línea de pensamiento y emoción cultural, transmitida además a través de numerosos cursos y clases asumidos con dedicación profesoral en diversos foros y espacios populares de formación. Es además un pertinaz y gran dibujante, de los de cuaderno de campo en ristre, así como un espléndido conocedor de la historia del arte mundial, o las dominantes corrientes y representantes del arte español, que suele incluir de manera casi automática o subconsciente, y con carácter de homenaje admirativo, en la forma y contenido de sus propios trabajos. Estos incluyen, en cualquiera de las técnicas y cualidades expresivas utilizadas, esa dependencia primordial con el dibujo continuamente practicado, y fundamental vinculación a una espiritualidad alegre, juguetona, y al mismo tiempo crítica, todo ello residuo poético aposentado de su pensamiento político y de su capacidad discursiva o coloquial de estructura tertuliana.
Las actuaciones de Aragonés y equipo en el medio urbano han resultado a veces espectaculares en cantidad, diversidad de motivos y espacios tratados: grandes ejes urbanos, tanto de vehículos como peatonales, plazas, parques, equipamientos, etc. En cuanto a la calidad constructiva de las mismas, siendo alta puede incluso llegar a ser exagerada, es decir que puede sobrar material de buen nivel, y cierta redundancia en su uso, dominando la voluntad o deseo de expresión plástica a la necesaria síntesis constructiva y de uso (diseño adaptado y funcional). Por otra parte, aquella vocación de guiño poético y juguetón del que hablábamos, se impone muchas veces a la resultante plástica y funcional, ocultando entonces la forma poética expresiva profunda.
Aragonés es, como hemos dicho, popular difusor de las causas y capacidades formales del arte, así como de sus varias y específicas técnicas, y los numerosos cursos, cursillos, charlas, clases y lecciones que ha venido impartiendo desde hace tiempo, y en particular a partir de los primeros ayuntamientos democráticos desde los conocidos “talleres municipales”, o desde su propia empresa con sus vinculaciones a organismos como UNESCO y otros similares, así lo corroboran, siendo posible rastrear sus efectos en la innumerable parroquia de ex alumnos, prometedores profesionales, sobre todo mujeres –ya se sabe-, con los que nos podemos encontrar, repetidamente, en cualquiera de sus exposiciones o inauguraciones. Bien, sólo esa magna tarea bastaría para concederle honores de Gran Difusor de un arte cercano, reconocible, popular, asimilable aunque a veces no del todo entendible, así como retransmisor de otros reconocidos y famosos órdenes plásticos y artistas de la historiografía cultural nacional, o sea española, pero de claro rastro castizo.

Antonio di Luca
arte_qdarte / 2008

domingo, 16 de diciembre de 2007

LAS ARQUITECTAS "ESTRELLA" EN EPs

EPs parece correr el riesgo de escorarse paulatinamente hacia la vida Fashion. Es una deriva a veces poco seria, con una visión un poco estrecha, pasajera y limitada de las circunstancias que rodean a los hechos. Ahora, la articulista de “Perspectiva de mujer”, nos pretende deslumbrar con su sesgado enfoque sobre el ascenso imparable (la i-resistible ascensión), de las mujeres arquitecto estrella, luego de un largo y abnegado tránsito por el camino de las negaciones.
Olvida, entre otras circunstancias previas, que hacia los años 60/70 del pasado siglo, un numeroso grupo de arquitectas formadas en América Latina practicaban, aunque de forma oscura, su magnífico estándar profesional en estudios peninsulares y europeos comandados por muy reconocidos profesionales hombres. Por otra parte, desde hace más de diez años, una asociación profesional de arquitectas españolas, “La Mujer Construye”, viene desarrollando una estupenda labor de formación, presencia social activa, y divulgación de esa labor en conexión con profesionales femeninas de todo el mundo, en particular de las regiones más deprimidas: Mediterráneo, África, Medio Oriente, Asia, América Latina, etc., tratando de rescatar lo más positivo y aparentemente “diferencial”, respecto de las practicas masculinas, de una labor entendida como servicio social.
Adolece pues el artículo de una mayor labor de rastreo y puesta en claro de los temas que plantea su autora, y quizás de una menor focalización en situaciones profesionales de privilegio. La Arquitectura, como casi todo, debe estar al servicio de la sociedad, en particular de sus sectores menos favorecidos, y no entrar de forma superflua en el campo de la imagen, la propaganda, el deslumbramiento y la oferta personalista, a pesar de lo que les encanta tal proyectiva a los grupos de poder. Quizás así nos evitaríamos leer como brillantes argumentos, esas frases fuerza o marco que quizás las arquitectas entrevistadas hayan formulado en contextos teóricos más amplios y profundos.

Norberto Spagnuolo di Nunzio
Carta a Revista EPs

martes, 27 de noviembre de 2007

¡NO ME HAGAS ESTO! (Epistolario psico-erótico de un transoceánico)

CAPITULO I
Zaguán oscuro

Querido Pitín Modsky, odiado analista mío:

Perdona, he sentido la necesidad urgente de escribir antes de que se cumpla el tiempo que me has asignado para nuestra endeble comunicación. Es decir de mí comunicación contigo, porque tú apenas me has escrito en estos años. Tan sólo diez cartas, una visita interesada hacia finales de los sesenta coincidiendo con tu primera luna de miel, algunas parcas llamadas telefónicas para explicarme que era exactamente lo que querías que fuese contando y, por último, ese absurdo y frustrado intento durante mi última estancia en Buenos Aires. ¡Hace ya más de tres años!.
Veinticinco van de analizarme contigo, aunque malamente y a la distancia, otros más de veinte, casi simultáneos, haciendo yoga, y unos varios y últimos más entregándome, junto con Beatriz, a terapias bio energetizantes e higienistas varias y liberadoras buscando el ser más libre, deberían haberme situado entre las personas más evolucionadas de este mundo. Pero no es así, todavía arrastro oscuridades que ni tú, ni el gurú argonauta, ni aquellas prácticas desbloqueadoras intensivas, han sido capaces de resolver. Tan sólo quedamos nosotros mismos, frente a frente, pero ese no es el tema, y por ahora me interesa, sobre todo, que me resuelvas éste, el que me preocupa, el que ya mismo te cuento.
Te escribo, sí, necesito escribirte, porque he tenido una terrible pesadilla llena de simbolismos e historias de la infancia ligadas a mi progenitor, al entorno en que fui creciendo. No es que mi padre estuviese ahí, en el espacio simbólico del sueño, pero reviví aquél lugar, el refugio donde también me ocultaba de sus castigos, o de su presencia siempre dominante, y tuve la misma sensación de entonces, cuando tenía que usarlo para esos y otros menesteres, y poco a poco se fue convirtiendo en un lugar especial, indispensable. Creo haberte hablado de él en alguna otra ocasión.
El pasado jueves, ya de madrugada, desperté sobresaltado. Me sentía terriblemente agitado, sofocado, yaciendo boca abajo sobre la cama, el corazón latiendo apresuradamente, temiendo que fuera a ahogarme. Percibo entonces una oleada de angustia que me inunda todo el cuerpo y se incrusta en el pecho. Comprendo que acabo de tener una dolorosa pesadilla y trato de recordarla. Intento revivirla, y me doy cuenta que he soñado con el zaguán de mi antigua casa de Buenos Aires, la casa donde viví entre los fundamentales cuatro y diecisiete años. Ese zaguán representaba para mí la antesala protectora frente al mundo exterior, una imagen que siempre reaparece en diversas traducciones. Un rectángulo cubierto, relativamente bajo, cerrado por tres de sus lados, con los laterales más largos, quizá de unos tres metros, el lado pequeño, opuesto a la puerta, se abría hacia un pasillo interior sin techo, estrecho, largo, de paredes altísimas, que a su vez daba a un patio más ancho, al final del cual se accedía a la casa, como si todo fuese un sistema telescópico, distanciador y protector de nuestro hogar porteño encapsulado entre patio y patio. En el lado pequeño y cerrado del zaguán, el que daba a la calle, una pesada puerta de hierro mitad y mitad, la inferior de negro y pesado acero, la superior con barrotes forjados protegiendo un cristal grabado y traslúcido, dando borrosa idea del mundo exterior, la calle, el barrio.
Yo tenía profundamente idealizado ese zaguán, como si fuera una caja de muñecas, un espacio protector y mágico, una caverna, un territorio simbólico de frontera - tierra al tiempo propia pero de nadie- donde refugiarme de todos los males de ambos mundos, el exterior ignoto, probablemente duro, y el interior poblado de oscuras conocidas circunstancias. Y dónde protegerme además de la lluvia, la soledad, los castigos, la tristeza.
El sueño comienza a ser angustioso cuando descubro un extraño insecto revoloteando en ése espacio protector, invadiéndolo. El insecto cobra protagonismo y termina posándose sobre una oscura incidencia de la pared, una grieta, una angosta cavidad del micromundo rodeada por el desconche de la pintura, organizada entre aristas de cal y arena. El zaguán de mi infancia tenía las paredes pintadas al temple, de sucio color crema, con numerosas capas que se iban resecando y desconchando en escamas, en pequeños trozos de piel calcárea y color desvaído. Junto al cerco de la puerta había grietas provocadas por los portazos y consiguientes caídas del revoque, y en esas grietas, desfloradas sobre rendijas que dejaban filtrar el aire y la luz, pululaban arañas en sus urdimbres viscosas, insectos diversos amparados en la semi moscura humedad, moscas atrapadas, y todo un universo ínfimo de alimañas que me provocaban cierto terror interior y abismal, que encogían mi estómago, y encarnaban el contrapunto angustioso en aquél lugar que debía procurarme protección y paz.
Sí, el zaguán me ofrecía refugio inestimable frente al bullicio exterior de la calle, los vecinos entrometidos, la vida dándote empujones, los profesores metiéndose contigo, los amigos perversos, las obligaciones, el laberinto familiar de patios, puertas y personas, y todo eso se me metía en el cuerpo, detrás del plexo solar, y un escalofrío me recorría de abajo hacia arriba hasta alojarse en la nuca. Escalofrío mejorado y multiplicado en su sensación cuando a todo ello se sumaba la lluvia, la primaveral u otoñal, pero siempre melancólica, poderosa lluvia porteña, a la que yo desafiaba y temía desde mi refugio.
El horrible insecto del sueño se agranda, crece a medida que lo miro, percibo que se vanagloria de ello, se estira, saca pecho, me mira de frente. No sé si es una araña, una cucaracha o un escarabajo volador, quizá una mezcla demoníaca y simbólica de todos los bichos que campeaban por las dichosas oquedades. Tiene alas viscosas y caparazón oscuro en forma de persiana, y una cola de langostino que agita, abre y cierra en un aleteo pesado y metálico. Y no deja de crecer, produciendo un zumbido que aumenta, mientras me permite entrever que tal sonido se produce por una acumulación de golpeteos ínfimos entre las escamas del monstruo.
En ese refugio disfrutaba también de mi ocio, de mi aislamiento infantil, casi siempre solo, o en compañía de algún otro solitario y poco peligroso amigo del barrio. El apagado "rusito" de la carbonería de la esquina que nunca conocí por su verdadero nombre. Krhown, el judío tuberculoso, escuálido, angustiado, con el pecho hundido como si fuera el Nosferatus de Mornau en versión adolescente, fallecido pocos años después, con los pulmones deshechos por una antigua tuberculosis. Juan Carlos, el hijo de Narina, la amiga italiana de mamá, que venía a ser el único lujo, gordito y vitalista, entre aquellas iniciales amistades llenas de heridas y huellas del éxodo europeo. En ese rincón leía yo los libros prohibidos de mi padre, me refugiaba de sus castigos, ciertos o anunciados, o disfrutaba y sufría con mi simple melancolía porteña. A veces jugaba junto a ese batallón de pequeños y desarraigados amigos -emigrados antes o después de las guerras europeas- a las carreras de coches de plástico lastrados de masilla, moviéndolos sobre laberínticos circuitos previamente trazados con tiza, a intercambiar figuritas de jugadores de fútbol impresas, y presas, sobre un círculo de cartón, o a atisbar tras los cristales enrejados las borrosas figuras de la calle.
Por entonces todos los varoncitos éramos un poco misóginos, convencidos de que las chicas servían para poco, que eran incapaces de resolver nuestros problemas, y que además no querían, o no podían enterarse de lo que hacíamos, o de lo que nos pasaba. De vez en cuando aterrizaban en el zaguán algunas compañeras de mi hermana, mayores, curiosas y sabias como ella, que nos miraban incrédulas e intentaban coquetear con nosotros. Y también la Cuqui, la hermana de Juan Carlos el gordito vitalista, que era como la versión anómala de su familia, siempre nerviosa, eléctrica, con el cabello encrespado, como poseída por algún demonio que la hacía dar brincos, encogerse, revolotear los ojos, y hacer mil muecas de indescifrable traducción a nuestro lenguaje. Alguna de aquellas chicas que invadían nuestro refugio nos dejaba recorrer visualmente sus pálidas pantorrillas casi cubiertas por largos calcetines a tono, avanzar con la mirada por las rodillas sucias, y concluir por entrever muslos infantiles debajo de las cortas faldas y delantales blancos de la escuela. Sin embargo, al igual que al descubrir esos bultitos que comenzaban a empujar contra sus jerseys o blusas, la visión ofrecida no nos producía ningún efecto inmediato, ni menos aún tardío en el recuerdo nocturno. Por eso terminábamos por expulsarlas del zaguán, de nuestro pequeño mundo de dominante y angustiosa realidad; quizás no había lugar para lo sensual en aquel sitio.
El suelo de ese espacio fronterizo y defensivo estaba tres escalones por debajo del pasillo, y eso facilitaba el escondite pero también el arrinconamiento. Cuando las circunstancias agobiaban, sólo cabía escapar hacia el perverso mundo exterior por la pesada puerta, arriesgándose a no poder entrar nunca más en casa, expulsado definitivamente del paraíso -o del limbo- por no saber ni querer respetar el mandato de los dioses, del dios padre sobre todo. Congoja añadida a las demás en aquellos años de difícil intromisión en el mundo de las realidades y teorías de los mayores, de la socialización del comportamiento. Angustia rematada cuando apenas nos asomábamos a la calle, al darnos de bruces con la larga fila de árboles que, festoneando la acera, aparecían entonces pintados de cal hasta la cintura, necesaria providencia para combatir, decían, la epidemia de polio que se había abatido sobre la ciudad, y que un año más tarde se llevaría para siempre a un gran compañero del club. ¿Te acordas?
De pronto noto que el insecto aumenta su atención sobre mí, me observa durante un breve instante, y a continuación se lanza hacia donde estoy. Es un meteorito zumbón y oscuro que se agranda paulatinamente a medida que se acerca, que me va acorralando contra los escalones que intento subir de espaldas, literalmente espantado, sin dejar de vigilarlo horrorizado para que no acabe conmigo, para que no me devore. Me cubro la cara con las manos, me encojo como en el vientre materno, corto mi respiración, deseando que su viscosa caparazón, como lata de foie-gras abandonado, no me toque. Y es entonces cuando despierto desesperado.
Y ahora te lo cuento, Modsky, Pitín, porque me gustaría que me aclarases el significado de este sueño que me ha producido tan terrible sensación, que me tiene aún en zozobra y desconsuelo. Tengo por sabido o entendido que cuando estoy en, o me enfrento a, un deseado período liberador, me acechan estas extrañas representaciones de mi subconsciente. Terror al exterior, necesidad de protección, necesidad de personalización, lucha con el entorno, deseo de salir, temor a hacerlo, a perder lo que tengo. Lucha también con el pasado, que no añoro, pero que vuelve, que está presente, que no me deja a veces cambiar, evolucionar. El zaguán se convierte entonce en la caverna de Platón, o en el nido del Hornero, y acude de forma reiterada, obsesiva, a emerger sin invitación sobre el presente, a rever el pasado como en una vieja película. Yo adentro, protegido pero angustiado e inmóvil, sin avanzar ni encontrar soluciones. Fuera la vida, el mundo, la gente.
No sé si tal repaso de los bajos del subconsciente pueda deberse al sentimiento de culpa o frustración por no haber ido finalmente a Buenos Aires éste fin de año -que me tocaba- o a la repesca emocional que tal posibilidad ha desencadenado en mi subconsciente. No lo digo por ti sino por mi familia, a la que tuve ilusionada hasta el último momento. Pero a lo mejor todo se debe a que la semana pasada fui a ver la última película de Leonardo Favio, "Gatica, El mono", y eso revolvió la memoria de mi infancia, la Argentina que se desmorona, los ídolos caídos. Tú sabrás, comprenderás, analizarás. Has un esfuerzo. Mientras tanto, seguimos y seguiremos estando a cada lado de ésta mar atlántica, y por eso te escribo con ansias transoceánicas que eluden todas las distancias. Necesito tus comentarios, tus consejos, tu amistad. Necesito eso, y no escuchar tus perversas elucubraciones acerca de si siempre he sido un folla-pavas.
Abrazos. No me falles una vez más.

Madrid, 8 de Febrero de 1994

miércoles, 21 de noviembre de 2007

PELICULÍN-PELICULÓN, BOMBO-BOMBOM. ¡BOOM!

Conozco un poco de cerca el mundo del cine y la televisión. Tengo amigos y familiares que están en ello desde hace tiempo. Yo mismo he incursionado en él como un entusiasmado aprendiz revoloteador, sin dejarme atrapar quizás por falta de decisión o reconocible incapacidad. Soy pues un aficionado sin adicción, aunque sí con dedicación, reflexión y sentimiento, y de vez en vez escribo crónicas, críticas y elogios de películas, programas, directores, artistas y técnicos de igual forma que escribo sobre arte y arquitectura, que también práctico, ya sea por efecto o defecto. A ello hay que sumar que he colaborado en argumentos y guiones para documentales, dirección artística, diseño de decorados y vestuario, creación de personajes, así como escrito obras de teatro, narraciones, cuentos y poesías, amen de haber participado como actor, es un decir, en series de televisión y cortometrajes.
Por eso quizás casi creo que puedo opinar sobre el tema del cine, la televisión, y todo lo que gira en derredor, aún sin estar metido en ello como profesional serio y full time, aún corriendo el peligro, como argumenta sabiamente Javier Marías en un reciente artículo, de encarnar al típico opinador a la “virulé” -a la bartola, en argentino- sin tener ni puta idea. Sí, esto es casi cierto.
La relación con un primo mío -siempre hay “un primo” que sabe de verdad-, conocido cineasta y escritor argentino recientemente fallecido, la asistencia junto a él a festivales, estrenos, filmaciones y lectura de guiones, su oferta, en un arranque de confianza y buena fe, para que yo fuese su director artístico en alguna película, me ha permitido acercarme un poco más al tema. Tanto que, discutiendo ambos acerca de todo esto, hemos llegado a pelearnos y estar apartados o alejados durante los últimos seis años, después de haber compartido casi diariamente los primeros treinta, e intercalado encuentros a lo largo de los otros treinta restantes. Mi primo se disgustó, como lo hubiera hecho cualquier profesional de similar estirpe, cuando yo, mentecato civil, critiqué no sólo la deriva falsamente realista de alguna de sus últimas películas, sino su propia forma de vida, y la de su familia, considerándolos malamente encandilados por los falsos oropeles, adulaciones y aprovechamientos sociales merced a su posición de celebridad cinematográfica, es decir artística, es decir triunfadora en las mejores escalas sociales de la burguesía. Y me arrepentí, aún me arrepiento, de ser el instigador de ese alejamiento, desgraciadamente definitivo por su temprana muerte, pero sigo creyendo en que era necesario.
Y sigo mal creyendo, y valorando de forma negativa, que a éste mundo del cine y la televisión se le otorguen tantos favores y reconocimientos sociales, que sus protagonistas, en especial los directores, actores, y demás elenco del staff primordial, sean considerados prácticamente semi héroes, cuando no dioses y diosas en una sociedad tan cargada de miserias y espantos, como redimida por anti héroes anónimos y cotidianos a los que nadie aplaudirá por su fecunda y maravillosa labor. Y pienso en los grupos sociales que aportan su trabajo en beneficio de toda la colectividad sin salir nunca en la prensa, la radio o la televisión, ni recibir premios, ni tener fiestas y celebraciones, ni poder vestir en ellas trajes o modelos de lujo, ni gozar de amores maravillosos aireados por la prensa inútil. Y menos mal; que así sea.
Bien, ¿es entonces necesario todo ese aparato de difusión, propaganda, ensalzamiento, halagos sin fin, envidias y/o fervorosas adscripciones, etc., etc.? ¿Para qué? ¿Para que la industria produzca y venda, y una imagen artística y social de un país, una cultura, se difunda y sirva de vehículo propagandístico a nivel internacional de la clase y forma de vida que en ese país y territorio, u otro cualquiera, se lleve? Pues quizá. El cine es arte, el cine es cultura, el cine es dinamización de ideas y comportamientos, y a veces, pocas, la televisión casi también. Pero no siempre, ni mucho menos ¿Se merecen entonces sus protagonistas tantos escandalosos beneplácitos? Pues personalmente creo que la mayoría de las veces tampoco. Y no soy el único en pensarlo.
Hace poco la excelente escritora y editora Laura Freixas, pulsando su vena más críticamente femenina, expuso en el periódico en que escribe regularmente una reflexión similar, aunque en ella matizara el tema en relación al diferencial de valoración existente en nuestra sociedad entre hombres y mujeres, con sus respectivas e insidiosas cargas de edad:
“…¿Guapos? Hombre, con docenas de maquilladores, peluqueros y fotógrafos, de esos que saben colocar los focos para disimularlas arrugas, cualquiera sale guapo. ¿Elegantes? ¿Y como podrían no serlo gastando tanto en ropa? (Es cierto que algunos lo consiguen, pero son superdotados, como Ivana Trump) ¿Talento? Sí, pero también mucho trabajo, y dudas, y equivocaciones, y quizás no más talento que el de al lado, aunque a la sociedad en que vivimos –representada estos días por la Academia de Cine- le encanta otorgar triunfos absolutos, apoteósicos, cosa siempre más resultona que eso tan aburrido de repartir y matizar. ¿Éxito? Sin duda, pero ¿como lo viven los interesados? ¿Tiene la sensación de algo justo, que responde a sus intenciones y a su obra? ¿O de un malentendido? ¿Y que tal andan de budismo Zen para encarar lo siguiente que les toque: después de un éxito apoteósico, un fracaso apoteósico, por ejemplo?”
Sí, esta es una sociedad absurdamente dedicada a celebrar y denostar, indistinta o alternativamente, a la parte aparente de sí misma que consigue asomar la cabeza y hacerse notar por los medios que sea.
Como Laura Freixas, como tantos otros, creo que como personas nos debemos a la sociedad sea cual fuere la actividad que desarrollemos, que podamos o nos dejen desarrollar. Que debemos aportarnos las mejores cosas unos a otros, y que eso no significa ningún mérito especial, ninguna necesidad de condecoraciones, ni halagos, ni homenajes, sino tan sólo merecer el respeto y el cariño por encarnar, de la mejor forma posible, algún ideal, riesgo o tarea que la sociedad necesite para su evolución. La individualidad de la que somos portadores e intérpretes, que nos permite desarrollar nuestras capacidades de una manera específica o singular, no debería ser carta de crédito para convertirnos en héroes famosos y adorados, sino tan sólo en ejemplos de la mejor forma de encarnar o interpretar un anhelo y un servicio.
Quizás era eso lo que yo reprochaba a mi primo, y la verdad es que nunca sentí que él lo pensara en serio. Pero mientras tanto se decidía, lo utilizaba, aunque posiblemente sin demasiado énfasis.

arte_qdarte / Norberto Spagnuolo / noviembre de 2007


domingo, 18 de noviembre de 2007

LA CIUDAD. Poemas

LUNA RASANTE
Abril 2000


A ras de suelo,
miles de lunas navegan el horizonte
en multiplicados pares.
Lunas de luz, como centellas,
se entrecruzan alumbrando
el gigantesco e infinito camino,
buscándote en la noche. 535

Pero no puedes contemplarlas
con esa tristeza ausente del que añora,
ni pedirles que alumbren tu amor distante,
ni bañarte por horas
en su melancólica calidez de plata.
Sólo puedes preocuparte por que
pasen fugaces, como insectos voladores,
por que te deslumbren como un rayo,
te apunten directamente a la cara,
al vientre, al desolado pecho solitario,
y disparen ráfagas de xenón,
o de tugsteno incandescente. 547

Rabiosas, posesivas,
recortan tu silueta como si fuera de papel,
la abaten sobre el asfalto convertida en sombra,
la arrastran hasta fundirla con la noche.
Y en menos de un segundo,
te han sumergido para siempre
en su cara oculta,
que de verdad no existe. 555

Y luego otra. Y luego, otra. 556


COMO MUJERES
Abril 2000

Ciudades como mujeres,
de intrincados laberintos
y oscuras hendiduras olorosas.
De abiertas calles y colinas,
y cálidos refugios de sol y aire. 561

En ellas florecen todas las
ideas, el entrecruzar de razas,
y la semilla del futuro fructifica
en el seno social y laborioso.
Apasionadamente ambiguas
y cambiantes, maternales y protectoras,
o temibles y duras como el hombre
en la batalla, niegan hoy el pan,
y mañana, fraternales, lo regalan. 570

En la esquina donde se cruza
el mundo, casi en el mismo instante,
un farol ilumina la vida, y su sombra
da cobijo a la muerte solitaria. 574



EL SUR SI EXISTE
Mayo 2000

Dicen que el Sur no existe,
como si el mundo acabara
en la cintura ecuatorial
del universo. O cómo
si quisieran hurtar su parte
más doliente y oscura;
la escondida y recóndita raiz
en que se apoya todo. 582

Yo lo he visto. Hay un sur
en cada uno de nosotros, y en
cada país, en cada continente.
Es todo lo que no queremos,
lo que deseamos ocultar,
lo que nos arrastra hacia
el espacio primigenio y oscuro. 589

Somos una infinita colección
de objetos con cintura partida,
boqueando cucharadas de aire
por arriba, y el resto del cuerpo
fieramente gangrenado. 594

¡El Sur, sí existe!. Vive,
aunque vaya muriendo
de la otra parte. 597



UNA PERMANENTE SOLEDAD
2000

No se detendrá
este acumular de circunstancias
convertida en ordenada materia.
Pero el trazo será siempre equívoco,
y diferencial. 602

Una multiplicación espantosa
de centros y suburbios
creciendo sobre la naturaleza
como hierba salvaje,
ocupando los primitivos y sabios
caminos del hombre. 608

Una casa solitaria convertida
en barrio, un farol en la esquina
anunciando el centro comercial,
una gran plaza sin árboles
justo donde pastaban los corderos.
Y una permanente soledad
de multitudes, meando
en las esquinas. 616

sábado, 17 de noviembre de 2007

PISO EN ESQUINA, DIFICIL DE HABITAR

(Cuento angular)

(.......)."Finalmente, mi madre creyó encontrar la solución ideal para tal handicap pensante en la señora doña Concha, que al parecer reunía todas las ventajas de una enseñanza suficiente y doméstica en la proximidad física de su academia, ubicada justamente en la esquina frente al propio colegio, aderezando tal decisión con el siempre oportuno sentimiento, compartido con las otras madres, de "ayudar a una viuda reciente".
(.......).Aquella esquina era algo más que una simple metáfora de la ciudad, era un plano frío y puntiagudo, con cara de lápiz, apenas romo por un chaflán escueto, que se asentaba sobre una acera amplia rematada en curva que nos permitía estar aguardando a que nuestra anfitriona abriera el pequeño portón metálico lateral mientras jugábamos, avergonzados, a las estatuas y a la rayuela con las chicas o, ya más en lo nuestro, a tontear con la pelota, a intercambiar, junto a otros compañeros de pantalón corto y medias largas, jugadores de fútbol estampados para la eternidad en fichas redondas, o simplemente a meternos el dedo en la nariz, convencidos de que ese era otro serio aprendizaje, necesario y desentrañador.
(........). Todo el escenario en derredor del lugar semejaba la proa de un barco perdido que navegase por el mundo sobre la grande y empedrada calle Nogoyá, sometida a los vientos pamperos que la recorrían de cabo a rabo merced a su orientación. El local, triangular, oscuro y húmedo como una sentina, resultó ser el pequeño comercio de ultramarinos (almacén en porteño), que había regentado en vida el finado don Francisco, esposo de doña Concha, hasta que un mal golpe de esos aires, esquinados y galopantes, le había metido entre pecho y espalda una mortal neumonía, complicada en los alvéolos de sus pulmones de empedernido fumador de picadura selecta. Siempre pensé que el enfriamiento final se lo había cogido el "gallego" en esa maldita esquina mientras aguardaba algún pedido urgente de españoles "picles" -llamados "variantes" en la Madre Patria- y que se consumían, en la Argentina de entonces muy alegre y golosamente, acompañando al vermut."

"Doña Concha y su Idem. Epistolario Psico-Erótico de un transoceánico"
Norberto Spagnuolo / 2000

Era yo un regular estudiante de primaria en Buenos Aires, cuando la obligada experiencia de aumentar el estudio de las matemáticas fuera de horas colegiales, y en un local de esquina, me dejó marcado para siempre. Sé que no fue solamente el espacio angulado lo que influyó en la situación, pero la fuerza natural que desprendía parecía provocar los acontecimientos que allí sucedieron. Incluso, pasados los años, experimenté la necesidad ineludible de sacudirme la historia en un relato, ese cuyo extracto figura en cabecera.
La esquina es un lugar paradójico, de encuentros y partidas, transitorio, desapegado y circunstancial. Lugar de cruce y descruce, de llegada y despedida. No me preocupo, ni lo digo o comento solamente yo. Antes fueron Borges, Cortázar, Pessoa, Bioy Casares, Proust, Poe..., si seguimos con la "P". Todos los grandes heterodoxos han experimentado cierta desazón ante la confusa habitabilidad de ese ángulo interior más bien agudo, fugaz y volandero. Hay además grandes arquitectos que se han especializado en sacarle jugo constructivo y meditativo al tema, y convertir el ejemplo en paradigma: Sullivan, Loos. Wright, entre otros. Al piso de esquina es difícil proyectarlo, es difícil vivirlo. Cuentan que en Madrid, barrio de Carabanchel, cierta vez hubo que ajustar el proyecto de toda una urbanización de tipo social y subvencionada porque los arquitectos responsables del proyecto habitacional no sabían acometer el dichoso piso de esquina, se sentían inseguros, no dormían por las noches, tenían sueños extraños, se resistían, se negaban sin decirlo. Alguien finalmente les preguntó: ¿Sois inútiles o supersticiosos? Los ángulos agudos se convirtieron entonces en cortes, en fachadas finales en ángulo recto, y se perdieron absurdamente metros cuadrados de vivienda, y lo que es peor, proas hendiendo la imparable corriente del suburbio.
Curiosamente, un buen amigo me confirma la tendencia a esquinarse presente en la amplia tradición española de los que fueron, y volvieron de América, un poco más ricos, capitanes de favor o de ocasión, indianos altos o intermedios, etc. Dice mi amigo que muchos de ellos se peleaban por construír o reconstruír sus casas en las mejores esquinas de sus ciudades origen, con balcones destinados a ver pasar al mundo, y que el mundo les viera a ellos embutidos en el mejor estilo plateresco. Recuerdo o imagen, en definitiva, de las proas y popas navieras en que los viajeros habían cruzado el Atlántico.
Por eso se agrandan mi asombro y admiración cuando una entrañable amiga, compañera además de sudores profesionales, me cuenta que, en comunión con "su otro", acaba de cambiar de casa, de piso, y comprarse uno en peliagudo ángulo de esquina, nada menos que en el fugaz, circunstancial y transitorio, a todos los efectos, popular barrio de Lavapiés. Pero creo que esta historia promete algo más sustancial, propio de Poe, o de los inquietantes Thomas de Quincey, y William Le Queox, que sus protagonistas van camino de engrosar la lista de héroes urbanos anónimos que hacen gloriosa a una ciudad, digna de celebrar juegos olímpicos pese a quién pese; héroes de gran historieta de comic. Sí, hay ciudadanos que se arrojan a la aventura transhabitacional como si hubieran sido aleccionados por un oscuro e imaginativo autor, a la búsqueda de sugerentes paradigmas vitales urbanos.
Lo cierto es que ellos tenian ya esa otra casa, aunque fuese un pisito exiguo y recapitulado, reformado, rehabilitado y vuelto a habitar varias veces en el transcurso de al menos 200 años de servicio a las clases populares y castizas del mismo Lavapies. Un pisito rehecho y re-decorado innumerables veces, perteneciente a una de esas clásicas corralas madrileñas, salvada varias veces de la desaparición por persecución y agotamiento inducido por propios y extraños; o sea, por el municipio y las inmobiliarias. Era pequeño, pero se les quedó chico. Los primeros años tuvieron que soportar los últimos trabajos de rehabilitación oficial, la Corrala había entrado en el ¿Who is Who? de la edificación histórica popular y protegible, y a pesar de los inconvenientes, de alguna forma se beneficiaron de ello. Ahora, pocos años después, lo podían vender algo más caro. Lo demás es puro milagro metodológico, valentía de usuario, riesgo de aventurero urbano, y quizás el oscuro amor, o atracción fatal, hacia las esquinas, al menos a esta en particular.
Sí, tal vez sea una de las esquinas más ajetreadas de Madrid, y eso, en sí mismo, ya es un mérito en una ciudad sacudida en toda su extensión, otra vez, por los afanes inmobiliaros y urbanísticos de los mismos de antes, y de siempre. Aduce mi amiga, en su descargo, que esa casa siempre les había gustado, que hace tiempo sabían que había un piso libre, que no se vendía, o estaba a punto de hacerlo, y que la casa les atraía. El piso ocupa la tercera planta, en esquina, y dispone de seis balcones hacia sendas calles, unidas bajo la prodigiosa quilla inmobiliaira: Servet y Valencia. Tres de esos balcones, señorean la fachada angulada oteando el horizonte, como encajados debajo del bauprés de un hermoso galeón del XVIII donde se hubiese trastocado la ubicación del camarote del capitán más valeroso, de la tranquila popa a la inagotable proa, hundiéndose y levantándose sobre las embravecidas calles, plenas estas de inmigrantes, y de sospechosos habituales vigilados por la subdirección provincial de Prestaciones de Muerte y Supervivencia, que aunque no lo crean sí existe.
Es evidente que en su arrebato esquinado, no se han detenido a considerar ningún tratado de Feng Shui, a pesar de que, en una reciente revista de decoración, expresamente se advierte: "Tanto coreanos como japoneses, por ejemplo, evitarían adquirir o construír viviendas que tuviesen una larga escalera para acceder al interior, o que estuviesen emplazadas en una esquina en la que se encontraran dos calles" Bueno, bueno, quizás sean exagerados los de la revista con esta insistencia acerca de "una esquina en la que se encontraran dos calles". ¿Y que esperaban, que nunca se encontrasen? Bueno, sí, quizás habría que matizar. No se trata de esquinas cualquiera, no es la esquina rectangular, ni la esquina de chaflán de ensanche barcelonés, ni menos las de Buenos Aires, que son esquina no siéndolo, y que sirven sobre todo para aquilatar como va el mundo, psicólogo y macho abandonado incluídos. Hablando con propiedad, se trata solamente de las esquinas agudas, porque esta claro que allí el espacio se dispara como una flecha, los arquitectos, ya lo hemos visto, recelan de su posible fracaso ordenando el espacio interior, la dinámica residencial se hace inestable, fugada, y todo atrae hacia ese bendito ángulo agudo. Y más si, como en este caso, tiene ventanas, balcones, o ventanales de esquina, que es categoría especial.
La casa en su conjunto, goza además de una bien merecida fama histórica de inquietud, de inestabilidad milagrosa, no sólo por su longeva residencia en la tierra que supera los ciento veinte años. Si observamos los viejos planos de Madrid de hacia la mitad del XIX, años 1837/47/48/56, vemos que los terrenos están todavía sin edificar, y parecen pertenecer a la huerta o jardín de un Convento y Escuela de Párvulos. En el del Ensanche de Madrid, de Carlos Mª de Castro, hacia 1857, se mantienen con la misma asignación, e igualmente sucede en el plano de Distritos de Madrid de 1865, donde Lavapies pertenece al de La Inclusa. En todo ese tiempo, y hasta finales de siglo, lo que será calle Miguel Servet es conocida como Barranco de Embajadores. Y eso debería haber sido, un cauce de desagüe de aguas de escorrentía de la zona alta de Lavapies hacia la Ronda de Atocha. Pero el tema sigue igual según el estupendo plano de Ibañez Ibero, años de 1872/73 y 74, y hasta 1884, donde en el plano de Emilio Valverde ya puede observarse, por primera vez, la estructuración en manzanas del triángulo comprendido entre el Barranco de Embajadores, la Calle Valencia, y la Ronda de Atocha. Poco más tarde, en los planos madrileños de 1886 a 1900, aparece la zona como construida, o en proceso de hacerlo. Finalmente, en el Plano de Nuñez Granés de 1910, se muestra ya casi como en la actualidad, y con similar nomenclator local. Podemos pues fijar tal antigüedad entre 100 y 120 años.
En las proximidades de este nuevo triángulo urbano de fines del XIX, se localizan dos más antiguos y respetados edificios de la historia madrileña, las Casas de Corredor, o Corralas, en Mesón de Paredes con esquina a Miguel Servet, de hacia 1790, y la antigua Fábrica de Licores y Aguardientes, de la misma època, transformada por decisión de Pepino el Breve en Fábrica de Tabacos y Rapé. Es evidente pues que, el lugar elegido por mi amiga como residencia debe bullir, tanto de día como de noche, de viejos espíritus populares encarnados en jugadores de naipes ajados, borrachines de esquina, fumadores empedernidos, y románticos degustadores de psicotrópicos. Espíritus todos a quienes las casas de esquina, aguda por supuesto, les priva más que nada, sobre todo si mantienen esa apariencia de goleta invertida, y se deslizan, incesantemente, sobre las revueltas aguas callejeras de Lavapies.
El nuevo hogar, la casa pues y al parecer, gozaba -y goza- de bien ganado prestigio y memoria misteriosa. Y todo sería estupendo si acabara en eso, en simple recuerdo o imaginación de su pasado castizo y orillero, con sus fantasmas mal muertos o bien vivos. Pero el destino, la predestinación, juegan a veces con el tiempo, se empeñan en recostarse sobre lugares especiales a los que vuelven una y otra vez.
Bajo el cauce del antiguo Barranco de Embajadores, vino la técnica del siglo XX a definir el paso del moderno METRO, el retumbar de la máquina, la oscura lombriz mecánica. Si observamos los planos de las infraestructuras ocultas de la ciudad matritense, enseguida descubrimos el ramal que pasa, a cercana profundidad, justo por debajo de la casa de mi amiga, tanto que parte de la sección esquinada de ella descansa sobre la bóveda que da cobijo al monstruo. Julio Verne no lo hubiera pergeñado mejor.
Durante largos años, lustros, décadas tal vez, los residentes tuvieron que convivir con el sordo rumor intermitente que agitaba la casa, producía ligeras grietas, el tintinear de cristales, el golpeteo suave de puertas y ventanas, en una ola que ascendía desde las entrañas de la tierra, provocaba el paulatino inclinar de la esquina, y se agostaba hacia los pisos superiores para salir como un tenue suspiro por arriba de la cubierta. Era el METRO. Las reclamaciones vecinales han logrado al cabo de los años que la compañía explotadora refuerce la bóveda del túnel sobre el que se apoya la casa, y que sordos rumores y breves temblores se reduzcan, se aquieten. La Compañía promete colaborar y financiar las inminentes obras que requiere el expediente de Inspección Técnica de Edificios, reforzar la estructura, sanear los forjados y cimientos, reconstruir el saneamiento.
Pero la casa sigue torcida. El dormitorio camarote en esquina tri balconada, donde mi encantadora amiga comparte lecho con su pirata, desliza suavemente hacia afuera su suelo de entarimado antiguo, como si la casa siguiera navegando, hundiendo y levantando su proa sobre las procelosas aguas callejeras.
No importa, el piso es hermoso y está llena de promesas, de vida necesitada de vivirse, de mapas con puertos a los que llegar, de viejos vecinos navegantes necesitados de alegría. Y sobre todo, mi amiga es más feliz que una gaviota revoloteando sobre la cubierta del bergantín. Por algo será.

Norberto Spagnuolo / Julio de 2005