miércoles, 30 de abril de 2008

L´Caixa: FORUM MADRID

Bondades y malabares de la oferta cultureta:

La sensación que uno tiene –que yo tuve, claro- cuando se inserta en el espacio construido y propagandístico de éste Caixa FORUM, Madrid, por otra parte muy bien resuelto como ámbito de “aspiración de paseantes”, vengan de donde vengan, es que al conjunto lo sostiene, sobre sus bien centradas espaldas, alguno de esos fortachones mitológicos pre o post históricos tipo Atlas, Sansón, Hércules, Superman o el mismísimo y enverdecido Hulk. Alguno de ellos debe haber sido capaz de elevar las pesadas fachadas supervivientes de la vieja fábrica de electricidad y ponerlas a volar sobre nuestros esperanzados goces culturales. Primera gran impresión, un poco estomagante, de lo que puede hacer el dinero bien administrado de los clientes bancarios puesto al servicio de la imagen y propaganda de sus gestores.
Las históricas -e históricamente maltratadas- fachadas han perdido su peso bicentenario y se elevan, cual Tu-Tú de bailarina en danza vernácula, ahora parcheado o agujereado modernamente, y culminado por burbujeante corona de hierro corten troquelado. Y en lugar de zapatillas de punta presurosas, nos encontramos con un poliedro facetado cual diamante por piezas de acero inox cubriendo el tosco hormigón de sus musculadas entrañas.
Con suerte perceptiva, podríamos decir que el conjunto aspira a exteriorizarse a partir de ese núcleo símbolo de hormigón armado más impenetrable y fuerte que todos aquellos héroes musculosos del ayer y hoy juntos y bien avenidos. Es decir…, sí, una inviolable caja fuerte percibida repartiendo dividendos culturales a la humanidad, básica o transitoriamente madrileña, y además gratis.
El espacio interno recorrible no parece ser sumado en la imagen externa, otro hallazgo de compresión escalar. Pero si uno se asoma a la opaca y fortificada escalera principal interior, tampoco, es decir, en ella el edificio se tensa cual bandoneón extenuado en un sostenido por el mago Piazzola, y uno –yo, claro- acaba por preguntarse: ¿adonde irá a parar esta escalera sin sombras?
Y digamos, no sin respeto, que eso es todo. Todo lo reseñable como interesante, al menos como efecto psicológico para el absorbido peatón multirracial, convertido en sujeto de cuento para niños trepando por la casita del ogro subida a los cielos, arriba-abajo. Descubriendo cuartos-salas bien escondidos, y tratando de entender qué es lo que en definitiva hay en ellos, o habrá, se muestra, ofrece, y qué adonde estará la princesa dormida. Y al final, cuando se llega a la publicitada cafetería, fin del recorrido, más triste y desangelada que una de barrio periférico, plena de lagrimones, nos encontramos con que allí nos aguardan todas las princesas juntas, bien despiertas, conversando alegremente la merienda: café con leche y croasán.
Menos mal que a la salida nos espera a todos esa falsa pradera vertical a la inglesa, aunque nadie pueda recostarse en ella y suspirar por tanta, tanta…

A.EvangelistA
Abril de 2008
Colectivo arte_qdarte / arteqdarte.blogspot.com

martes, 11 de marzo de 2008

TORRES BIÓNICAS, HABITANTES CLÓNICOS.

Estimados amigos de INFORMACIÓN / Alicante:
Mi comentario versa sobre Nota de Redacción incluida en Sección Energía y Medio Ambiente, Pe.2, Miércoles 5 de Marzo 2008. Referencia a declaraciones de los arquitectos Javier Pioz y Rosa Cervera acerca de su propuesta de Torre Biónica y derivaciones económico-sociales.
Nos dicen ellos que la falta de energía y su elevado costo en el próximo futuro nos abocará a la vida en rascacielos. ¿Por qué? Porque ahorran en sistemas de distribución puntual, en contraposición a las urbes extensas actuales. Mal futuro nos espera si nos obligan a vivir en esos sistemas complejos de hábitat colgado en los aires, a 300 mts. de altura media o más, y resolver nuestras pulsiones cotidianas sin salir de allí. Creo que la agitada "vida aérea", pero de avión, que lleva ahora el matrimonio de arquitectos biónicos, trabajando además 24 horas en 4 continentes, les debe haber alterado, además de tener que creerse su propia idea para poder venderla. Tales argumentos, válidos como utopía futurista propia del mundo del Cómic, han sido descritos hace tiempo e incluso puestos en obra con escaso éxito por arquitectos de la talla de Frank Lloyd Wrghit (Utopy), Charles Eduard Jeanneret-Le Corbussier (Ville Radieuse y Unité d' Habitation a Marseille), y nuestro más conocido Ricardo Bofill senior (Ciudad en el Espacio-Madrid, y Walden 7-Reus), habiéndose demostrado llenos de problemas y abandonos de sus iniciales y entusiastas habitantes.
Sin embargo, reconocen los propios arquitectos, es mejor vivir en "una casita", pero nos advierten que con 12 mil millones de mundiales habitantes para el 2050, "la mitad" deberá residir en este tipo de ciudades vertiginosamente aéreas, y si es posible, claro, hechas por ellos. Así ahorraremos suelo, y nos apretaremos en el espacio vertical en lugar de desperdigarnos por el territorio. Supongo que el arquitecto Pioz y Sra. arquitecta estarán de acuerdo con la teoría capitalista de la concentración urbana para que funcione el sistema, y no con el equilibrio territorial redistributivo, que es mucho más anarquista, sin megalópolis y con utilización de la energía de base local y alternativa (solar, eólica, de reaprovechamiento post consumo, etc.), no dependiendo de las grandes redes y productores relacionados con el gran capital industrial, comercial y financiero.
O sea, vaya propuesta universal para hacer sufrir a la gente y que se les vaya poniendo la misma cara de angustia que nos expresan ambos profesionales en la foto que aporta el periódico. Pero dicen ellos que la vida actual en las grandes ciudades no es calidad de vida, y por eso a la gente les entusiasma tanto su idea, que además despierta admiración por su aplastante lógica urbana. La misma lógica de los que nos hablan de que hacia la misma fecha la mitad de la población mundial habitará en ciudades pertenecientes a infinitas conurbaciones macro territoriales. Y el resto del territorio permanecerá vacío, sólo ocupado por las grandes explotaciones energéticas y de alimentos que ya se lo están comprando (Ya lo advirtieron en MAD-MAX).
No es bueno que en una sección periodística destinada a informarnos sobre el futuro de las energías y el medio ambiente se nos cuelen propuestas como ésta de la torre biónica para todos sin contrastarlas con otras situaciones, explicaciones, propuestas. Y el mundo animal no tiene la culpa de servir como modelo empírico traslativo al hombre.
Un saludo.
Norberto Spagnuolo
Diseñador Urbano / Diplomado en Ordenación del Territorio
colectivo arte_qdarte

viernes, 29 de febrero de 2008

ÁNGEL-es-CIRCULANDO

por la exposición de Ángel Santiago Plata

CATARSIS - Santa María 15 -28014 Madrid
22 de Febrero a 12 de Marzo de 2008


Poco antes del cambio de milenio, y el mal anunciado crack informático, un grupo de doce artistas, entre ellos Ángel Santiago, compartiendo talleres de evolución plástica en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, propusimos a sus responsables una exposición colectiva con el sugerente tema de El Círculo. La propuesta se nominó 12 xl O. lo y, como argumento filosófico del contenido, se apuntaba:

“El Círculo representa el espacio mental del hombre en la tradición Brahamánico/Yóguica; la estructura orgánica mediante la cual puede el hombre conectarse con lo Astral, o Conciencia Cósmica Universal. El CÍRCULO simboliza por ello el elemento físico de posible mayor evolución dentro de dicha estructura.”

Quiero suponer que a Ángel Santiago esa historia le ha estado “dando vueltas por la cabeza” desde aquellos tiempos. Historia/argumento que se superpone ahora a esas otras que él ya tenía en su cuerpo desde mucho antes, las de su manifiesta teluridad, la simbólica parte cúbica inferior, apoyo y base de nuestro esquema geométrico corporal, y vital, en la misma tradición.
Debe ser por eso que el propio artista habla ahora de: “…tapiz, ritmo propio, entidad individual. Encontrar relaciones, juegos infantiles con cromos o figuritas -cada una con su valor- e intercambiarlas…. Un álbum lleno que se va perdiendo”. Y yo veo bases de papel y tela acrílica cuadrados sobre bastidores cuadrados, manchas, fondos, el círculo como leit motiv principal; el eterno retorno de su obra en propia obra. Círculos y espacios anexados/indexados, adheridos/divididos alrededor. Casi lo dice él mismo.

Y veo además el trazo, el signo, la huella, elementos y rastros de nuestra vulgar humanidad terrestre primigenia, telúrica, cúbica. Y el círculo aparece como paso de objeto sobre el soporte, en su mismo y real tamaño, verificando su discurso entre la tierra y el cielo. Y las telas tan naturalmente preparadas, ajadas, lavadas, preñadas de pliegues y cicatrices necesarias. Y los básicos colores y texturas de la tierra, la arena, las rocas: sepias, negros desvaídos, oscuros blancos, grises, impuestos y absorbidos por los años. Vislumbro entonces el espacio casi sideral que ese ordenado despliegue de recursos nos construye, el enorme vacío que nos rodea más allá de lo inmediato, y percibo la vertiginosa atracción de los astros, la cadencia temporal de nuestro tránsito eterno. Espacios recortados, propios pero intercambiables, diversos, infinitos.

Y poco después me altera y deslumbra esa panoplia desplegada como de quiosco de prensa, universo de periódicos y tebeos exageradamente ampliados contándonos historias cotidianas, letras que bailan, textos incomprensibles que resuenan en nuestros oídos como mantras en ampliados detalles. Hay momentos en que, en/con estas pequeñas obras de 40x40 cm, recuerdo a esos fundamentales artistas que todos conocemos, enamorados del rasgo y la descripción temporal pero simbólica, narradores del movimiento/suceso, del íntimo e infantil arcano.

Frente a este discurso multiplicado y vertiginoso, la poderosa espacialidad absorbente de una tela de 3x3 metros colgada entre techo y suelo, circularmente dominada sobre su espectro de vacío estelar, es casi la metáfora mántrica del eterno retorno a lo mismo-distinto. Olla de volcán que amenaza con tragarnos de una vez y para siempre, o apariencia de cuerpo celeste perdido en el espacio. El mundo nos da vueltas, hasta que no sé si una Agencia Espacial, o el propio Ángel nos devuelve a él, y percibimos la arrugada faz de la tierra salpicada, sustrato evolutivo del trazo cada vez más suyo, decidido y equipolente.

Desde que conozco a Ángel Santiago haciendo el laboral trayecto Móstoles-Madrid, y vuelta, lo he visto trabajar sobre estos temas. Poco a poco ha ido incorporando un discurso-hacer más complejo e integrado sobre una inicial labor de aprendizaje en lo más sencillo. Apenas tinturas y débiles rasgos sobre toda clase sobrante de papel o tela, como si fuera creando el sustrato esencial de su campo evolutivo como pintor, donde debe reflejarse la vida y la historia. En aquella propuesta al Círculo sobre el círculo, confiábamos en cosas como ésta:

“Cuando te piden que –circules- no es que quieran que camines con cara de plato. Y además, toda gota caída aterriza en forma de círculo expandido por la tensión homogénea de sus átomos aplastados sobre una superficie. Gota a gota, de lluvia, de sudor, de leche, de pintura, de semen…Todos microcosmos estelares puestos a navegar después del Big-Bang.
La Circun-cisión, es un tajo circular que hiende el prepucio, lo rebana para descubrir/encontrar al capullo-cabeza-glande, redondo, resbaladizo y oculto. Hay prácticas energéticas de desfloración del macho encapullado, rito ancestral en manos de mujeres hábiles, o ávidas (Mi nombre es Joe). Las mujeres están plagadas y habitadas por círculos, circularidades y circunloquios. Los hombres son circularmente repetitivos sobre lo fálico. Ambos deberían recircularse para renacer.”

Y agrego: ahora es el momento, la Era de Acquario. Creo que Ángel está en eso, como muy bien ha dicho uno de sus críticos más acertados, D. José Marin-Medina (EL CULTURAL/El Mundo):

“…La pintura de A.S.P. se produce desde criterios muy próximos a la Nueva Abstracción que practica desde comienzos de los noventa ese grupo consistente –aunque no muy numeroso ni dogmático- de jóvenes artistas que últimamente llamamos Líricos del Fin de Siglo (…) Ángel comparte con ellos su personalidad fuertemente intuitiva, capaz de combinar libertad y disciplina, comunión con la Naturaleza, y espíritu de sistema…. “

¡Pues claro!

Norberto Spagnuolo / 2008
arte_qdarte / Colectivo darwiniano creacionista.

lunes, 14 de enero de 2008

EL BAR DE LAS MUCHACHAS PARECIDAS

(Un cuento interminable)

No hace tanto que comencé a frecuentar este Bar-Restaurante, el de Las Muchachas Parecidas, con mayúsculas, como lo llamamos nosotros, como comienza a llamarlo la gente, y donde ahora escribo. No recuerdo su nombre original, que parece diluido entre lo inútil y etéreo, y haber sido suplantado por esta versión popular que une realidad trascendida con lugar, confiriéndole profundo significado, el que seguramente su propia dueña le hubiera querido dar aunque comprendo que a ella no le interese, que no quiera que se conozca la verdadera historia. Sin embargo está ahí, al alcance de cualquiera que tenga un mínimo de perspicacia, de sensibilidad. No creo exagerar en esto, quizás alguno de ustedes lo piensen así, tal vez la misma dueña, que ante mis comentarios suele hacer un gesto de cierto fastidio como si yo pudiera desvelar el gran secreto, la hermosa fábula, sin tener derecho ni fiables datos para hacerlo. Le explico que así somos los escritores, alcahuetes y soplones de las historias de otros cuando no fabuladores, y a veces de las propias con condescendencia, o furor destructor, indistintamente. Mantenerlo oculto, o tratar de hacerlo, le insisto una y otra vez, es inútil y además avaro, porque la riqueza que el asunto aparenta tener no es para guardársela en la alacena, sino ponerla al alcance de todos, tal que si fuera café, la cerveza o el bocadillo que vendes a cualquiera, cada día. Eso mismo le digo, además, habría que andar como loco, ensimismado o perdido para no darse cuenta y disfrutar de ello.- ¡Que es como van casi todos!- me replica, celosa de un secreto que cree a nadie interesa.
Lo cierto es que ella, la dueña, debe haberlo programado todo en algún momento particular de su vida. Quizás se haya quedado sola con su hija de pocos años, quizás la haya abandonado su marido, tal vez ella misma lo dejara. Y algo similar parece haber ocurrido antes, en su propia familia, con un padre que también se va, con otra madre abandonada, la suya. Muchos abandonos son esos para no caer en la tentación de forjar una familia propia, la que uno quiere organizar a su gusto sin tener que depender de lazos de sangre dados, herencias genéticas, cargas históricas, deberes filiales, y demás, que son los que más duelen cuando mal se usan, y aún más cuando se rompen. Sí, quizás.
Desde que comencé a frecuentar éste bar, por necesidades y facilidades de proximidad a un trabajo circunstancial, noté algo curioso que al principio no supe definir. Había algo entre las personas que atendían que me llamaba la atención. Al principio fue una muchacha morena, alta, espigada, con el cabello castaño, o cobrizo oscuro suelto, los ojos grandes y verdes, moviendo el cuerpo de forma lenta pero graciosa, acompasada, balanceándose hacia un lado y al otro, empujando desde la cintura ese vaivén cadencioso, mientras se manifestaba amable pero con pocas palabras dichas en voz baja, apenas enunciadas. En las siguientes visitas al lugar fui atendido por otra muchacha algo más madura pero con un aire inconfundiblemente similar a la anterior, de rostro semejante, aunque con el cabello tirando a rubio, y los ojos azules. La acompañaba una niña, casi ya adolescente, también muy parecida, seguramente su propia hija deduje, y así pude comprobar después. Supuse al principio que se trataba de una madre y sus dos hijas con cierta diferencia de edad, o de dos hermanas y la hija de la mayor de ellas. Era imposible en otro caso ese aire familiar en tantas cosas, ese alborotar del espeso cabello suelto, esos cuerpos moviéndose bajo el mismo ritmo, los senos igualmente escuetos pero provocones. Y había una extraña e idéntica manera de hablar, de pronunciar las pocas palabras que se suelen articular desde el otro lado de la barra, las estrictamente necesarias: “¿Sólo o con leche? ¿Templada o caliente? ¿Algo para comer? ¿Vale así?”. Salvo en un caso, pues la que parecía la mayor y madre de las otras dos resultaba evidente que era la que allí mandaba, y sus parlamentos, relación con parroquianos y suministradores, eran más definitorios y seguros, más extensos sus coloquios, aunque el hablar seguía siendo curioso, particular, con un silabeo entrecortado de sirena que se quedaba reverberando por el aire.
Lo cierto es que poco a poco me fue atrayendo ese misterio latente, y era ya más el afán por desentrañarlo que la estricta necesidad de acudir para desayunar o tomar algún aperitivo lo que me arrastraba al interior del bar, y me obligaba a permanecer largos ratos acodado en la barra, observando el ir y venir de aquellas muchachas y de las otras que se iban sumando y turnaban con las primeras, siempre con ese extraño aire de familiaridad, de paulatino parecido, que a veces resultaba imposible no percibir, y otras costaba trabajo descubrirlo. Y siempre esas breves y habituales frases o palabras repetidas, ese acento confuso, siseante, que las acompañaba al ser pronunciadas.
Era evidente que las muchachas que iban surgiendo detrás de la barra o por la puerta de la cocina no mostraban características de similitud hasta pasados algunos días. La manera de moverse, las breves frases, el color del cabello o la forma de peinarse, evidenciaban diferencias inicialmente notorias que, poco a poco, iban diluyéndose, convirtiendo a cada una en un reflejo cada vez más identificado con el modelo original. Al mismo tiempo que se producía esa transformación, la relación entre ellas aumentaba en los aspectos de familiaridad, dando sustanciales pruebas de amor filial, y todo ello en un ambiente de alegría y luminosidad que se contagiaba a los parroquianos allí presentes, amparado quizás en los radiantes colores que impregnaban las paredes del local canalizados por la implacable iridiscencia que barría la acristalada fachada.
Era pues casi obligatorio que yo arrastrase hasta ese misterioso escenario a los ocasionales compañeros de trabajo, alguno de los que lograba convencer merced a la cotidiana invitación a desayunar o tomar un aperitivo. Pero resultaba difícil tratar de seducirlos con esa historia un poco absurda de que el lugar era atendido por una particular saga familiar femenina de carácter infinito y renovable. Era entonces lógico que ninguno de mis ocasionales acompañantes, aún repitiendo visitas y explicaciones, acabase entendiendo lo que yo creía patente a todas luces. No prestaban la atención suficiente, y terminaban por coincidir entre ellos en que aquello era pura casualidad circunstancial, o simple fantasía construida por mi exagerada imaginación. Así que al cabo de varios frustrados intentos de transmitir aquello tuve que volver a mis solitarias presencias contemplativas sin contraste posible, sólo alimentadas por una curiosidad que requería, alguna que otra vez, el lanzar preguntas confusas a parroquianos habituales, o a las propias y diversas muchachas que iban integrando aquella fantástica saga.
Uno de estos parroquianos, con el que coincidía algunos días en el desayuno, parecía mostrar un mayor grado de atracción por aquél misterio, soliendo expresar algún que otro comentario que me animaba a creer que por fin había dado con alguien que compartiera mi interés en ese extraordinario desfile de aparecidas-parecidas. –Y de desaparecidas-reaparecidas, agregaba él, tratando de darme a entender que el asunto era más complicado de lo que yo creía. – Sí amigo. ¿No ha observado usted que al cabo de un cierto tiempo alguna de ellas no vuelve a ser vista por aquí, y de pronto, pasado otro cierto tiempo, reaparece? -Claro que usted hace poco que viene por el bar, argumentaba, dándome a entender que yo era bisoño en tales experiencias y averiguaciones. -Mire, observe, me dijo un día arrastrándome hasta el cristal que cerraba el frente del local, ¿ve lo que hay justo ahí enfrente? Cruzando al otro lado de la calle, ligeramente en diagonal, alcancé a distinguir entre las copas de los frondosos árboles un cartel con letras rojas, y debajo un estrecho local por donde entraban y salían continuamente personas, muchas de ellas mujeres de diferentes edades. -Es un centro del INAEM, me confirmó el parroquiano. ¿Sabe lo que eso significa? Observe a la gente que va y viene, continuó. Del movimiento de entradas y salidas de las personas que se acercaban al centro de empleo, se destacaba un grupo intermitente, principalmente muchachas, que arriesgándose cruzaban directamente hacia el bar eludiendo los obstáculos habituales que una calle opone a un peatón: bordillos, automóviles estacionados o en marcha, “aletas de tiburón” protegiendo el canal Bus-Taxi, etc. Y terminaban aterrizando en el bar, mientras otras que estaban dentro hacían lo inverso. Era evidente que la mayoría de ellas venían a desayunar para seguir luego con sus trámites, o retornar a sus quehaceres habituales.
- Bien, no sólo eso, insistía mi compañero de investigaciones. Observe como algunas de ellas se dirigen supuestamente al aseo que está en el sótano, y no reaparecen hasta pasado un considerable lapso de tiempo. Y cómo parte de las que bajan vuelven alegres o entusiasmadas, otras aparentemente contrariadas, y el resto no manifiesta ningún cambio en su actitud. ¿No le hace eso reflexionar? Bueno, quizás no sea hoy uno de esos días de “pesca”, continuó. No siempre sucede lo que yo trato de hacerle ver ahora. Creo que todo depende de ciclos, de tiempos de renovación, podríamos decir.
Era notoria mi candidez y falta de documentación al respecto, y también que carecía de muchas horas de observación que mi condición de cliente transeúnte, o esporádico -o golondrina, según decía mi circunstancial amigo- me impedía poner en práctica. Por el contrario, el parroquiano contertulio era un animoso jubilado que pasaba las horas en el prodigioso bar, saludaba o charlaba brevemente con casi todos los que por allí pasaban, y para colmo habitaba en el barrio desde su niñez. Aunque éste bar, explicaba, estaba allí sólo desde hacía un año. No podía yo aguardar tanto, ni cambiar mis costumbres habituales que no incluían, por ahora, el ser afecto visitante de ningún bar, cafetería, chigre, etc., salvo para el necesario desayuno mañanero y circunstancial. ¿Cómo pretendía así descubrir ningún misterio?, me recriminaba el maestro de observaciones.
Poco a poco, gracias a él y a un esfuerzo extra de mi parte por permanecer en el local algunas horas más a cambio de restar dedicación al trabajo, no ir a comer a casa, o tener que explicar a mi mujer con arduas estratagemas dónde me pasaba la mayoría del tiempo, fui completando el bagaje de mi información y perfilando la luz sobre alguno de los puntos oscuros que parecía encerrar aquel fenómeno. Conseguí llegar a conocer al menos a dieciocho muchachas que, siendo indudable pero imperceptiblemente distintas, integraban un armonioso conjunto de homogeneidades familiares. Lo que más me seguía llamando la atención en ellas, y entre ellas, era esa peculiar forma de caminar, una cierta dulzura de geisha sin menoscabo de ser capaces de pegar, modosamente, cuatro gritos cuando la cosa lo necesitaba, o de emplear similares vocabularios específicos con esa susurrante vocalización de extraño acento. Llegué a descubrir, gracias a mi amigo, que el mismo tenía connotaciones que recordaban el hablar de los habitantes del Lago de Sanabria, entre restos del gallego y dicciones del castellano de Zamora, sin dejar de sorprenderme el que gran parte de las muchachas parecían provenir de países de la Europa del Este: Rumania, Letonia, Chequia, Lituania, Bulgaria, o Polonia, mientras que otra parte eran sudamericanas o claramente españolas. Procedencias todas que, mi amigo mejor que yo, deducíamos de puros signos visuales e interpretaciones caracterológicas, porque ni ellas, ni la supuesta gran y primera propietaria, nos habían llegado a confirmar, o cuanto menos a insinuar como tales adscripciones territoriales.
Debido a ello, alguna vez mi amigo y cómplice había llegado a decir, con retumbante, engolada y alta voz, matizada y envuelta en dulces vapores etílicos, interesado en que todo el mundo allí presente lo pudiese escuchar: -¡Esta es la auténtica patria de la humanidad! ¡OH, verdadera Babel, mística, hormonal y republicana!, exclamación que fuera duramente criticada por la aparente dueña o gobernanta de todo aquello, con la reconvención añadida, eso sí dicha con cariño y a media voz de: - ¡A tronar tonterías a otro tiesto!, sonora frase articulada, en medio del clásico siseo, de curiosa construcción sintagmica que nos hizo recordar las hazañas verbales del poeta Lezama Lima. A ambos nos encantaba esta mujer, no sólo por sus cálidos y efectivos atributos físicos utilizados con prudencia, y ahora transmitidos vaya a saber como a cada una de sus pupilas-discípulas, sino por esa rotunda manera de alternarlos con una mezcla de cariño familiar materno y exaltaciones defensivas a lo Mariana Pineda, Manuela Malasaña o Agustina de Aragón. Es decir, pura mística guerrillera feminista que nosotros preferíamos atribuir al indómito espíritu de una Dama Duende metida a tabernera.
Con todo, gozaba yo junto a mi ocasional amigo y confidente de esa especie de Harén de espejos multiplicados que se nos antojaba el más maravilloso lugar del mundo, aún no sacando más ventajas de ello que la pura y simple contemplación y consecuente ensoñación, adornadas, eso sí, por un trato afectivo y unas palabras reiteradamente amables cuando no explícitamente cariñosas. -¡Qué alegría el volver a verte! -¡Ya era hora de que vinieras a visitarnos! -¡No te olvides de nosotras!, etc. Sólo el verlas caminar, ir atareadas de una mesa a la otra, salir por una puerta una de ellas y volver a entrar por la misma otra muchacha casi idéntica pero distinta, con similar bamboleo de la ondulada melena cobriza agitada al ritmo del cadencioso paso, mientras avanzaba zigzagueante entre mesas y parroquianos repartiendo sonrisas, era una verdadera experiencia sensible que nos dejaba en suspenso el ánimo y la libido. Todo este goce inmediato de los sentidos nos fue alejando de nuestro verdadero objetivo, que era descubrir lo que se ocultaba detrás de esa multiplicación diversa de la mujer o familia original, como se producía, desde donde, y como era posible esa cada vez mayor asimilación del modelo inicial. Habíamos llegado a establecer que la principal fuente de aportación estaba vinculada a la oficina del INAEM situada enfrente, sin menosprecio de la captación de muchachas que aparecían allí por otras diversas razones, compras, paseos, trabajos próximos, o también por ser empleadas de servicios municipales o gubernamentales que ejercían su labor en el propio barrio y venían a tomar el desayuno.
A estas opciones se sumaba la personal cualidad física de la posible aspirante circunstancial, junto a una indudable capacidad de captación de la propietaria, jefa y líder de esta singular familia, que comenzaba por entablar devota relación con cada una de aquellas muchachas con el objeto de ir aquilatando y construyendo no sólo la viabilidad de una nueva y longeva cliente, sino su perfil de candidata a integrar ese particular gineceo de camareras. Y así como llegaban y se quedaban durante un tiempo, así también se daba el momento de partir y volver cada una a sus quehaceres, si eso era menester, o encontrar una hora y un día en que su presencia fuera posible sin alterar costumbres personales ni actividades habituales. Así, poco a poco, el desfile de muchachas parecidas incorporadas a la atención del Bar-Restaurante que iban y venían, o al final se despedían en medio de grandes muestras de cariño, se hizo interminable. Como eterno pero divertido, casi fantástico, se ha hecho para mí este año que llevo visitándolo, pasando largas horas en él acodado en la barra o sentado a una mesa estratégicamente situada, sólo o en compañía de mi anciano amigo, el único que al parecer comparte con la propietaria el verdadero secreto de toda esta historia. Sí, ¿pero cuál?
Si alguno de ustedes se interesa en conocerlo, o quiere ayudarme a desentrañarlo, ya sabe: Bar-Restaurante llamado de “Las Muchachas Parecidas”, calle de Guzmán el Bueno poco antes de llegar a Meléndez Valdés. Barrio de Argüelles, distrito de Chamberí, Madrid. Allí me encontraran.



Norberto Spagnuolo
Enero de 2008

miércoles, 9 de enero de 2008

DEL URBANISMO AL DISEÑO URBANO. El caso de Ángel Aragonés

Núcleos urbanos periféricos, grandes aglomeraciones post suburviales, municipios tradicionalmente gobernados por la izquierda en el llamado “Cinturón rojo de Madrid” (Villaverde, Leganés, Getafe, Parla, Coslada, Vicálvaro, Alcorcón, Móstoles), cuyo sino urbano ha sido y es difícil, y muchas veces vano o repetitivo, con necesidad de superación del caos del crecimiento inicial, ese subdesarrollado Big-Bang urbano. De municipios rurales castellano-manchegos, a integración en la conurbación metropolitana. Ese rastro histórico de desorden y crecimiento, alocado y sub-urbano, de tejido malamente densificado y confuso, ha venido a tratar de ser re-organizado, mejorado y elevado a la altura de ciudad con perversas recetas de crecimiento económico, integración de trabajo, residencia o servicios débilmente apoyados, y ofertas de suelo público –muchas veces casi gratuito- para grandes equipamientos zonales o sub-regionales: delegaciones administrativas comunales, hospital, universidad, centros comerciales, oficinas, servicios, terminales de transporte, etc., hasta llegar a saturar el espacio-territorio disponible, y prácticamente consumirlo en menos tiempo del que lleva la democracia en ejercicio. Aspectos todos generadores de pulsiones, con la aparente búsqueda de equilibrio entre necesidades, usos y actividades, sumados a la necesaria recuperación de plusvalías sociales y, supuestamente, redistribuibles.
Por otra parte, la gestión política de algunos de esos municipios ha pasado en los últimos períodos electorales a manos del centro derecha, luego de haber estado administrados desde el inicio de los ayuntamientos democráticos por la izquierda: PSOE, PC, IU. En el albor de esa pérdida de la confianza popular en una determinada gestión, ha jugado un importante papel la renovación de las tradicionales capas sociales residentes, con la aparición de nuevos habitantes vinculados a la entronización de grandes instalaciones de servicios públicos, administración, equipamientos y empresas. Es decir, que se ha pasado de la reivindicación básica de clase -campesinos y obreros- a la búsqueda de un nuevo confort, bienestar social, viviendas más baratas que en la gran metrópoli, y posibilidades de empleo cercano y de calidad. La nueva e histórica expulsión trans-metropolitana.
Esto ha generado la necesidad de nuevas infraestructuras, servicios, comercio, cultura, etc., para unas capas sociales con más exigencias respecto a la calidad de vida y el medio ambiente. Es decir, la mejora y ampliación vinculable de parques, jardines, plazas, espacios de juego y deportivos, viales, imagen urbana, iluminación, etc., todo ello sobre un tejido complejo, desestructurado, inconexo, en definitiva desorganizado, que ha sido ampliado a golpe de estrategia política circunstancial, o de presión inmobiliaria, pero no resuelto es sus falencias.
En alguno de esos momentos de rotura en la continuidad de la gestión política, un personal amigo, diseñador urbano y experto en ordenación y desarrollo del territorio, fue llamado por el regidor de uno de esos municipios con perspectivas de reventar en crecimiento, ordenación y sutura urbana, para actuar de manera urgente como una especie de “ángel regenerador” de heridas e imagen producidas por el caos urbano del nuevo “desarrollismo democrático”, amparado en el lema: “Quién crece más, tendrá más recursos para mejorar el nivel de bienestar social”, paradoja que nunca se alcanza de verdad. Mi amigo comprendió que sólo se le pedía que aportara soluciones a la imagen puntual para reparar, en una parte mínima pero de importancia estratégica, un desbarajuste que llevaba más de 40 años produciéndose, y que se había acelerado en los últimos años merced a las demandas reales de crecimiento, pero también a las necesidades de supervivencia política del tradicional partido y gestores actuantes. Al parecer, lo que le convenció del todo de que eso era casi imposible, inútil, y conflictivo, y de que una cierta seriedad profesional le impedía asumirlo, era que al mismo tiempo un cualificado y conocido equipo de urbanistas madrileños estaba terminando de redactar el último Plan General de Ordenación Urbana, amén del preexistente equipo técnico del Departamento de Urbanismo y Obras municipales. Por eso resultaba evidente, decía mi amigo, que para sobrevivir a los tiempos la gestión política necesitaba de una cierta renovación de la imagen urbana, o de la entronización de una nueva con mayor atracción, coqueteo de esquina pública, florecer de rincón urbano abandonado, y espectáculo popular de diseño y gasto vía electoral.
Por ese entonces, y también antes, en alguno de esos municipios (Getafe parece haber sido el pionero), se emprendieron campañas y acciones similares de Arte y Diseño urbano aunque inicialmente insufladas por otras perspectivas político-sociales, que en alguno de ellos -y todavía es moda- aún continúan para disimular la pobreza y horror generalizado del verdadero urbanismo entronizado y su consecuente arquitectura.
Finalmente, acordemos que lo urbano no se cualifica, enaltece o reduce su impacto más que por la concienzuda exploración y razón previa de su puesta en el espacio, es decir, a través de un cuidadoso, responsable, profesional y, en todo caso, popularmente consensuado planeamiento democrático. Todo lo contrario de lo que se viene haciendo normalmente en España desde hace bastante tiempo, incluyendo la segunda mitad del actual período democrático, y que últimamente empeora. Para colmo, nuestro país ha perdido al galope los rastros cultos y finamente populares de su espacio urbano, así como su riqueza y diversidad construida histórica, y se ha ganado a pulso la destrucción de todo ello, sustituido por implantaciones de interés meramente especulativo o político.
Desde luego, ningún Arte Urbano por maravilloso que sea, podrá rescatarla de ese desastre, y sólo servirá de consuelo circunstancial, de engaña votantes, de aportación cultural mediocre o de perfil bajo, vana, de relumbrón y lujuria del famoseo, por más buena voluntad que se ponga en ello. Lo cual no es óbice para que aparezcan, alguna vez, intervenciones que sí pueden encadenar mejoras en ese sufrido espacio público donde señorea el ciudadano de a pié, que es la aglomeración urbana y aún la rural. Pero ¡ojo!, que no todo el campo es orégano. Como mucho pastito. ¿Entonces? Entonces, como sucede en la mayoría de estos artefactos del Arte Público útil en los espacios urbanos, la lectura de su ser y estar pierde carga de profundidad y permanece en la anécdota, en el puro espectáculo – oscuro mal de nuestros días- con cierto aire de cuento infantil congelado en el tiempo, imagen tergiversada de las 1.000 y Una noches, o parque temático al más puro estilo Disney-World. Aunque en el caso de las obras que nos ocupan, esa sensación generalizada sea superada por la consolidación expresiva de las puras formas.
Como ejemplo, uno de los profesionales que más intervenciones ha hecho en esas lides y municipios, ha sido el artista plástico, profesor, teórico y divulgador del arte y la arquitectura, Don Ángel Aragonés, también vinculado a una de las organizaciones de artistas plásticos más activa en Madrid y España. Él y su equipo han venido participando con sus obras en varios de esos municipios extra madrileños, pero también en el área centro de la propia capital desde el comienzo de la Democracia. Al principio sólo eran pinturas murales dentro de aquella primigenia idea de animar, con modernidad y temas populares, las olvidadas medianeras ciegas y los oscuros rincones de la ciudad herida, donde la reelaboración y sutura urbanística podría aún tardar demasiado, así como en los nuevos y solitarios espacios públicos de reciente construcción.
Desde los tiempos de bonanza económica y afán de figurar en el “¿Quién es Quien?", de la gestión municipal urbana, Aragonés ha venido interviniendo además en grandes espacios, parques, ejes viales, plazas, etc., con todo tipo de propuestas y artefactos de arte y diseño urbano útil, se supone. Este profesional es un polifacético artista plástico que ha desarrollado sus capacidades expresivas con la delectación de un hombre del Renacimiento, claridad de ideas y formal adscripción a una definida línea de pensamiento y emoción cultural, transmitida además a través de numerosos cursos y clases asumidos con dedicación profesoral en diversos foros y espacios populares de formación. Es además un pertinaz y gran dibujante, de los de cuaderno de campo en ristre, así como un espléndido conocedor de la historia del arte mundial, o las dominantes corrientes y representantes del arte español, que suele incluir de manera casi automática o subconsciente, y con carácter de homenaje admirativo, en la forma y contenido de sus propios trabajos. Estos incluyen, en cualquiera de las técnicas y cualidades expresivas utilizadas, esa dependencia primordial con el dibujo continuamente practicado, y fundamental vinculación a una espiritualidad alegre, juguetona, y al mismo tiempo crítica, todo ello residuo poético aposentado de su pensamiento político y de su capacidad discursiva o coloquial de estructura tertuliana.
Las actuaciones de Aragonés y equipo en el medio urbano han resultado a veces espectaculares en cantidad, diversidad de motivos y espacios tratados: grandes ejes urbanos, tanto de vehículos como peatonales, plazas, parques, equipamientos, etc. En cuanto a la calidad constructiva de las mismas, siendo alta puede incluso llegar a ser exagerada, es decir que puede sobrar material de buen nivel, y cierta redundancia en su uso, dominando la voluntad o deseo de expresión plástica a la necesaria síntesis constructiva y de uso (diseño adaptado y funcional). Por otra parte, aquella vocación de guiño poético y juguetón del que hablábamos, se impone muchas veces a la resultante plástica y funcional, ocultando entonces la forma poética expresiva profunda.
Aragonés es, como hemos dicho, popular difusor de las causas y capacidades formales del arte, así como de sus varias y específicas técnicas, y los numerosos cursos, cursillos, charlas, clases y lecciones que ha venido impartiendo desde hace tiempo, y en particular a partir de los primeros ayuntamientos democráticos desde los conocidos “talleres municipales”, o desde su propia empresa con sus vinculaciones a organismos como UNESCO y otros similares, así lo corroboran, siendo posible rastrear sus efectos en la innumerable parroquia de ex alumnos, prometedores profesionales, sobre todo mujeres –ya se sabe-, con los que nos podemos encontrar, repetidamente, en cualquiera de sus exposiciones o inauguraciones. Bien, sólo esa magna tarea bastaría para concederle honores de Gran Difusor de un arte cercano, reconocible, popular, asimilable aunque a veces no del todo entendible, así como retransmisor de otros reconocidos y famosos órdenes plásticos y artistas de la historiografía cultural nacional, o sea española, pero de claro rastro castizo.

Antonio di Luca
arte_qdarte / 2008

domingo, 16 de diciembre de 2007

LAS ARQUITECTAS "ESTRELLA" EN EPs

EPs parece correr el riesgo de escorarse paulatinamente hacia la vida Fashion. Es una deriva a veces poco seria, con una visión un poco estrecha, pasajera y limitada de las circunstancias que rodean a los hechos. Ahora, la articulista de “Perspectiva de mujer”, nos pretende deslumbrar con su sesgado enfoque sobre el ascenso imparable (la i-resistible ascensión), de las mujeres arquitecto estrella, luego de un largo y abnegado tránsito por el camino de las negaciones.
Olvida, entre otras circunstancias previas, que hacia los años 60/70 del pasado siglo, un numeroso grupo de arquitectas formadas en América Latina practicaban, aunque de forma oscura, su magnífico estándar profesional en estudios peninsulares y europeos comandados por muy reconocidos profesionales hombres. Por otra parte, desde hace más de diez años, una asociación profesional de arquitectas españolas, “La Mujer Construye”, viene desarrollando una estupenda labor de formación, presencia social activa, y divulgación de esa labor en conexión con profesionales femeninas de todo el mundo, en particular de las regiones más deprimidas: Mediterráneo, África, Medio Oriente, Asia, América Latina, etc., tratando de rescatar lo más positivo y aparentemente “diferencial”, respecto de las practicas masculinas, de una labor entendida como servicio social.
Adolece pues el artículo de una mayor labor de rastreo y puesta en claro de los temas que plantea su autora, y quizás de una menor focalización en situaciones profesionales de privilegio. La Arquitectura, como casi todo, debe estar al servicio de la sociedad, en particular de sus sectores menos favorecidos, y no entrar de forma superflua en el campo de la imagen, la propaganda, el deslumbramiento y la oferta personalista, a pesar de lo que les encanta tal proyectiva a los grupos de poder. Quizás así nos evitaríamos leer como brillantes argumentos, esas frases fuerza o marco que quizás las arquitectas entrevistadas hayan formulado en contextos teóricos más amplios y profundos.

Norberto Spagnuolo di Nunzio
Carta a Revista EPs

martes, 27 de noviembre de 2007

¡NO ME HAGAS ESTO! (Epistolario psico-erótico de un transoceánico)

CAPITULO I
Zaguán oscuro

Querido Pitín Modsky, odiado analista mío:

Perdona, he sentido la necesidad urgente de escribir antes de que se cumpla el tiempo que me has asignado para nuestra endeble comunicación. Es decir de mí comunicación contigo, porque tú apenas me has escrito en estos años. Tan sólo diez cartas, una visita interesada hacia finales de los sesenta coincidiendo con tu primera luna de miel, algunas parcas llamadas telefónicas para explicarme que era exactamente lo que querías que fuese contando y, por último, ese absurdo y frustrado intento durante mi última estancia en Buenos Aires. ¡Hace ya más de tres años!.
Veinticinco van de analizarme contigo, aunque malamente y a la distancia, otros más de veinte, casi simultáneos, haciendo yoga, y unos varios y últimos más entregándome, junto con Beatriz, a terapias bio energetizantes e higienistas varias y liberadoras buscando el ser más libre, deberían haberme situado entre las personas más evolucionadas de este mundo. Pero no es así, todavía arrastro oscuridades que ni tú, ni el gurú argonauta, ni aquellas prácticas desbloqueadoras intensivas, han sido capaces de resolver. Tan sólo quedamos nosotros mismos, frente a frente, pero ese no es el tema, y por ahora me interesa, sobre todo, que me resuelvas éste, el que me preocupa, el que ya mismo te cuento.
Te escribo, sí, necesito escribirte, porque he tenido una terrible pesadilla llena de simbolismos e historias de la infancia ligadas a mi progenitor, al entorno en que fui creciendo. No es que mi padre estuviese ahí, en el espacio simbólico del sueño, pero reviví aquél lugar, el refugio donde también me ocultaba de sus castigos, o de su presencia siempre dominante, y tuve la misma sensación de entonces, cuando tenía que usarlo para esos y otros menesteres, y poco a poco se fue convirtiendo en un lugar especial, indispensable. Creo haberte hablado de él en alguna otra ocasión.
El pasado jueves, ya de madrugada, desperté sobresaltado. Me sentía terriblemente agitado, sofocado, yaciendo boca abajo sobre la cama, el corazón latiendo apresuradamente, temiendo que fuera a ahogarme. Percibo entonces una oleada de angustia que me inunda todo el cuerpo y se incrusta en el pecho. Comprendo que acabo de tener una dolorosa pesadilla y trato de recordarla. Intento revivirla, y me doy cuenta que he soñado con el zaguán de mi antigua casa de Buenos Aires, la casa donde viví entre los fundamentales cuatro y diecisiete años. Ese zaguán representaba para mí la antesala protectora frente al mundo exterior, una imagen que siempre reaparece en diversas traducciones. Un rectángulo cubierto, relativamente bajo, cerrado por tres de sus lados, con los laterales más largos, quizá de unos tres metros, el lado pequeño, opuesto a la puerta, se abría hacia un pasillo interior sin techo, estrecho, largo, de paredes altísimas, que a su vez daba a un patio más ancho, al final del cual se accedía a la casa, como si todo fuese un sistema telescópico, distanciador y protector de nuestro hogar porteño encapsulado entre patio y patio. En el lado pequeño y cerrado del zaguán, el que daba a la calle, una pesada puerta de hierro mitad y mitad, la inferior de negro y pesado acero, la superior con barrotes forjados protegiendo un cristal grabado y traslúcido, dando borrosa idea del mundo exterior, la calle, el barrio.
Yo tenía profundamente idealizado ese zaguán, como si fuera una caja de muñecas, un espacio protector y mágico, una caverna, un territorio simbólico de frontera - tierra al tiempo propia pero de nadie- donde refugiarme de todos los males de ambos mundos, el exterior ignoto, probablemente duro, y el interior poblado de oscuras conocidas circunstancias. Y dónde protegerme además de la lluvia, la soledad, los castigos, la tristeza.
El sueño comienza a ser angustioso cuando descubro un extraño insecto revoloteando en ése espacio protector, invadiéndolo. El insecto cobra protagonismo y termina posándose sobre una oscura incidencia de la pared, una grieta, una angosta cavidad del micromundo rodeada por el desconche de la pintura, organizada entre aristas de cal y arena. El zaguán de mi infancia tenía las paredes pintadas al temple, de sucio color crema, con numerosas capas que se iban resecando y desconchando en escamas, en pequeños trozos de piel calcárea y color desvaído. Junto al cerco de la puerta había grietas provocadas por los portazos y consiguientes caídas del revoque, y en esas grietas, desfloradas sobre rendijas que dejaban filtrar el aire y la luz, pululaban arañas en sus urdimbres viscosas, insectos diversos amparados en la semi moscura humedad, moscas atrapadas, y todo un universo ínfimo de alimañas que me provocaban cierto terror interior y abismal, que encogían mi estómago, y encarnaban el contrapunto angustioso en aquél lugar que debía procurarme protección y paz.
Sí, el zaguán me ofrecía refugio inestimable frente al bullicio exterior de la calle, los vecinos entrometidos, la vida dándote empujones, los profesores metiéndose contigo, los amigos perversos, las obligaciones, el laberinto familiar de patios, puertas y personas, y todo eso se me metía en el cuerpo, detrás del plexo solar, y un escalofrío me recorría de abajo hacia arriba hasta alojarse en la nuca. Escalofrío mejorado y multiplicado en su sensación cuando a todo ello se sumaba la lluvia, la primaveral u otoñal, pero siempre melancólica, poderosa lluvia porteña, a la que yo desafiaba y temía desde mi refugio.
El horrible insecto del sueño se agranda, crece a medida que lo miro, percibo que se vanagloria de ello, se estira, saca pecho, me mira de frente. No sé si es una araña, una cucaracha o un escarabajo volador, quizá una mezcla demoníaca y simbólica de todos los bichos que campeaban por las dichosas oquedades. Tiene alas viscosas y caparazón oscuro en forma de persiana, y una cola de langostino que agita, abre y cierra en un aleteo pesado y metálico. Y no deja de crecer, produciendo un zumbido que aumenta, mientras me permite entrever que tal sonido se produce por una acumulación de golpeteos ínfimos entre las escamas del monstruo.
En ese refugio disfrutaba también de mi ocio, de mi aislamiento infantil, casi siempre solo, o en compañía de algún otro solitario y poco peligroso amigo del barrio. El apagado "rusito" de la carbonería de la esquina que nunca conocí por su verdadero nombre. Krhown, el judío tuberculoso, escuálido, angustiado, con el pecho hundido como si fuera el Nosferatus de Mornau en versión adolescente, fallecido pocos años después, con los pulmones deshechos por una antigua tuberculosis. Juan Carlos, el hijo de Narina, la amiga italiana de mamá, que venía a ser el único lujo, gordito y vitalista, entre aquellas iniciales amistades llenas de heridas y huellas del éxodo europeo. En ese rincón leía yo los libros prohibidos de mi padre, me refugiaba de sus castigos, ciertos o anunciados, o disfrutaba y sufría con mi simple melancolía porteña. A veces jugaba junto a ese batallón de pequeños y desarraigados amigos -emigrados antes o después de las guerras europeas- a las carreras de coches de plástico lastrados de masilla, moviéndolos sobre laberínticos circuitos previamente trazados con tiza, a intercambiar figuritas de jugadores de fútbol impresas, y presas, sobre un círculo de cartón, o a atisbar tras los cristales enrejados las borrosas figuras de la calle.
Por entonces todos los varoncitos éramos un poco misóginos, convencidos de que las chicas servían para poco, que eran incapaces de resolver nuestros problemas, y que además no querían, o no podían enterarse de lo que hacíamos, o de lo que nos pasaba. De vez en cuando aterrizaban en el zaguán algunas compañeras de mi hermana, mayores, curiosas y sabias como ella, que nos miraban incrédulas e intentaban coquetear con nosotros. Y también la Cuqui, la hermana de Juan Carlos el gordito vitalista, que era como la versión anómala de su familia, siempre nerviosa, eléctrica, con el cabello encrespado, como poseída por algún demonio que la hacía dar brincos, encogerse, revolotear los ojos, y hacer mil muecas de indescifrable traducción a nuestro lenguaje. Alguna de aquellas chicas que invadían nuestro refugio nos dejaba recorrer visualmente sus pálidas pantorrillas casi cubiertas por largos calcetines a tono, avanzar con la mirada por las rodillas sucias, y concluir por entrever muslos infantiles debajo de las cortas faldas y delantales blancos de la escuela. Sin embargo, al igual que al descubrir esos bultitos que comenzaban a empujar contra sus jerseys o blusas, la visión ofrecida no nos producía ningún efecto inmediato, ni menos aún tardío en el recuerdo nocturno. Por eso terminábamos por expulsarlas del zaguán, de nuestro pequeño mundo de dominante y angustiosa realidad; quizás no había lugar para lo sensual en aquel sitio.
El suelo de ese espacio fronterizo y defensivo estaba tres escalones por debajo del pasillo, y eso facilitaba el escondite pero también el arrinconamiento. Cuando las circunstancias agobiaban, sólo cabía escapar hacia el perverso mundo exterior por la pesada puerta, arriesgándose a no poder entrar nunca más en casa, expulsado definitivamente del paraíso -o del limbo- por no saber ni querer respetar el mandato de los dioses, del dios padre sobre todo. Congoja añadida a las demás en aquellos años de difícil intromisión en el mundo de las realidades y teorías de los mayores, de la socialización del comportamiento. Angustia rematada cuando apenas nos asomábamos a la calle, al darnos de bruces con la larga fila de árboles que, festoneando la acera, aparecían entonces pintados de cal hasta la cintura, necesaria providencia para combatir, decían, la epidemia de polio que se había abatido sobre la ciudad, y que un año más tarde se llevaría para siempre a un gran compañero del club. ¿Te acordas?
De pronto noto que el insecto aumenta su atención sobre mí, me observa durante un breve instante, y a continuación se lanza hacia donde estoy. Es un meteorito zumbón y oscuro que se agranda paulatinamente a medida que se acerca, que me va acorralando contra los escalones que intento subir de espaldas, literalmente espantado, sin dejar de vigilarlo horrorizado para que no acabe conmigo, para que no me devore. Me cubro la cara con las manos, me encojo como en el vientre materno, corto mi respiración, deseando que su viscosa caparazón, como lata de foie-gras abandonado, no me toque. Y es entonces cuando despierto desesperado.
Y ahora te lo cuento, Modsky, Pitín, porque me gustaría que me aclarases el significado de este sueño que me ha producido tan terrible sensación, que me tiene aún en zozobra y desconsuelo. Tengo por sabido o entendido que cuando estoy en, o me enfrento a, un deseado período liberador, me acechan estas extrañas representaciones de mi subconsciente. Terror al exterior, necesidad de protección, necesidad de personalización, lucha con el entorno, deseo de salir, temor a hacerlo, a perder lo que tengo. Lucha también con el pasado, que no añoro, pero que vuelve, que está presente, que no me deja a veces cambiar, evolucionar. El zaguán se convierte entonce en la caverna de Platón, o en el nido del Hornero, y acude de forma reiterada, obsesiva, a emerger sin invitación sobre el presente, a rever el pasado como en una vieja película. Yo adentro, protegido pero angustiado e inmóvil, sin avanzar ni encontrar soluciones. Fuera la vida, el mundo, la gente.
No sé si tal repaso de los bajos del subconsciente pueda deberse al sentimiento de culpa o frustración por no haber ido finalmente a Buenos Aires éste fin de año -que me tocaba- o a la repesca emocional que tal posibilidad ha desencadenado en mi subconsciente. No lo digo por ti sino por mi familia, a la que tuve ilusionada hasta el último momento. Pero a lo mejor todo se debe a que la semana pasada fui a ver la última película de Leonardo Favio, "Gatica, El mono", y eso revolvió la memoria de mi infancia, la Argentina que se desmorona, los ídolos caídos. Tú sabrás, comprenderás, analizarás. Has un esfuerzo. Mientras tanto, seguimos y seguiremos estando a cada lado de ésta mar atlántica, y por eso te escribo con ansias transoceánicas que eluden todas las distancias. Necesito tus comentarios, tus consejos, tu amistad. Necesito eso, y no escuchar tus perversas elucubraciones acerca de si siempre he sido un folla-pavas.
Abrazos. No me falles una vez más.

Madrid, 8 de Febrero de 1994