miércoles, 21 de noviembre de 2007

PELICULÍN-PELICULÓN, BOMBO-BOMBOM. ¡BOOM!

Conozco un poco de cerca el mundo del cine y la televisión. Tengo amigos y familiares que están en ello desde hace tiempo. Yo mismo he incursionado en él como un entusiasmado aprendiz revoloteador, sin dejarme atrapar quizás por falta de decisión o reconocible incapacidad. Soy pues un aficionado sin adicción, aunque sí con dedicación, reflexión y sentimiento, y de vez en vez escribo crónicas, críticas y elogios de películas, programas, directores, artistas y técnicos de igual forma que escribo sobre arte y arquitectura, que también práctico, ya sea por efecto o defecto. A ello hay que sumar que he colaborado en argumentos y guiones para documentales, dirección artística, diseño de decorados y vestuario, creación de personajes, así como escrito obras de teatro, narraciones, cuentos y poesías, amen de haber participado como actor, es un decir, en series de televisión y cortometrajes.
Por eso quizás casi creo que puedo opinar sobre el tema del cine, la televisión, y todo lo que gira en derredor, aún sin estar metido en ello como profesional serio y full time, aún corriendo el peligro, como argumenta sabiamente Javier Marías en un reciente artículo, de encarnar al típico opinador a la “virulé” -a la bartola, en argentino- sin tener ni puta idea. Sí, esto es casi cierto.
La relación con un primo mío -siempre hay “un primo” que sabe de verdad-, conocido cineasta y escritor argentino recientemente fallecido, la asistencia junto a él a festivales, estrenos, filmaciones y lectura de guiones, su oferta, en un arranque de confianza y buena fe, para que yo fuese su director artístico en alguna película, me ha permitido acercarme un poco más al tema. Tanto que, discutiendo ambos acerca de todo esto, hemos llegado a pelearnos y estar apartados o alejados durante los últimos seis años, después de haber compartido casi diariamente los primeros treinta, e intercalado encuentros a lo largo de los otros treinta restantes. Mi primo se disgustó, como lo hubiera hecho cualquier profesional de similar estirpe, cuando yo, mentecato civil, critiqué no sólo la deriva falsamente realista de alguna de sus últimas películas, sino su propia forma de vida, y la de su familia, considerándolos malamente encandilados por los falsos oropeles, adulaciones y aprovechamientos sociales merced a su posición de celebridad cinematográfica, es decir artística, es decir triunfadora en las mejores escalas sociales de la burguesía. Y me arrepentí, aún me arrepiento, de ser el instigador de ese alejamiento, desgraciadamente definitivo por su temprana muerte, pero sigo creyendo en que era necesario.
Y sigo mal creyendo, y valorando de forma negativa, que a éste mundo del cine y la televisión se le otorguen tantos favores y reconocimientos sociales, que sus protagonistas, en especial los directores, actores, y demás elenco del staff primordial, sean considerados prácticamente semi héroes, cuando no dioses y diosas en una sociedad tan cargada de miserias y espantos, como redimida por anti héroes anónimos y cotidianos a los que nadie aplaudirá por su fecunda y maravillosa labor. Y pienso en los grupos sociales que aportan su trabajo en beneficio de toda la colectividad sin salir nunca en la prensa, la radio o la televisión, ni recibir premios, ni tener fiestas y celebraciones, ni poder vestir en ellas trajes o modelos de lujo, ni gozar de amores maravillosos aireados por la prensa inútil. Y menos mal; que así sea.
Bien, ¿es entonces necesario todo ese aparato de difusión, propaganda, ensalzamiento, halagos sin fin, envidias y/o fervorosas adscripciones, etc., etc.? ¿Para qué? ¿Para que la industria produzca y venda, y una imagen artística y social de un país, una cultura, se difunda y sirva de vehículo propagandístico a nivel internacional de la clase y forma de vida que en ese país y territorio, u otro cualquiera, se lleve? Pues quizá. El cine es arte, el cine es cultura, el cine es dinamización de ideas y comportamientos, y a veces, pocas, la televisión casi también. Pero no siempre, ni mucho menos ¿Se merecen entonces sus protagonistas tantos escandalosos beneplácitos? Pues personalmente creo que la mayoría de las veces tampoco. Y no soy el único en pensarlo.
Hace poco la excelente escritora y editora Laura Freixas, pulsando su vena más críticamente femenina, expuso en el periódico en que escribe regularmente una reflexión similar, aunque en ella matizara el tema en relación al diferencial de valoración existente en nuestra sociedad entre hombres y mujeres, con sus respectivas e insidiosas cargas de edad:
“…¿Guapos? Hombre, con docenas de maquilladores, peluqueros y fotógrafos, de esos que saben colocar los focos para disimularlas arrugas, cualquiera sale guapo. ¿Elegantes? ¿Y como podrían no serlo gastando tanto en ropa? (Es cierto que algunos lo consiguen, pero son superdotados, como Ivana Trump) ¿Talento? Sí, pero también mucho trabajo, y dudas, y equivocaciones, y quizás no más talento que el de al lado, aunque a la sociedad en que vivimos –representada estos días por la Academia de Cine- le encanta otorgar triunfos absolutos, apoteósicos, cosa siempre más resultona que eso tan aburrido de repartir y matizar. ¿Éxito? Sin duda, pero ¿como lo viven los interesados? ¿Tiene la sensación de algo justo, que responde a sus intenciones y a su obra? ¿O de un malentendido? ¿Y que tal andan de budismo Zen para encarar lo siguiente que les toque: después de un éxito apoteósico, un fracaso apoteósico, por ejemplo?”
Sí, esta es una sociedad absurdamente dedicada a celebrar y denostar, indistinta o alternativamente, a la parte aparente de sí misma que consigue asomar la cabeza y hacerse notar por los medios que sea.
Como Laura Freixas, como tantos otros, creo que como personas nos debemos a la sociedad sea cual fuere la actividad que desarrollemos, que podamos o nos dejen desarrollar. Que debemos aportarnos las mejores cosas unos a otros, y que eso no significa ningún mérito especial, ninguna necesidad de condecoraciones, ni halagos, ni homenajes, sino tan sólo merecer el respeto y el cariño por encarnar, de la mejor forma posible, algún ideal, riesgo o tarea que la sociedad necesite para su evolución. La individualidad de la que somos portadores e intérpretes, que nos permite desarrollar nuestras capacidades de una manera específica o singular, no debería ser carta de crédito para convertirnos en héroes famosos y adorados, sino tan sólo en ejemplos de la mejor forma de encarnar o interpretar un anhelo y un servicio.
Quizás era eso lo que yo reprochaba a mi primo, y la verdad es que nunca sentí que él lo pensara en serio. Pero mientras tanto se decidía, lo utilizaba, aunque posiblemente sin demasiado énfasis.

arte_qdarte / Norberto Spagnuolo / noviembre de 2007


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